
Después de muerto el Pontífice León IV (855) y antes de la exaltación de Benedicto III, la silla de San Pedro estuvo ocupada por una mujer llamada Juana, natural de Maguncia, ciudad al suroeste de Alemania, capital de Renaria, poseedora de grandes conocimientos religiosos, se ordenó bajo el nombre de Juan de Inglaterra, consiguiendo ocultar su sexo a las dignidades eclesiásticas y fue elegida Papa con el nombre de Juan VIII. Se dice esta Papisa quedó embrazada y que parió en medio de una procesión, revelándose su impostura.
Como es lógico las dignidades eclesiásticas católicas, los historiadores religiosos, etc. han negado veracidad a la existencia de la famosa Papisa, fábula, que aseguran, fue inventada por los herejes y otros enemigos jurados de la Iglesia. Varios críticos e historiadores han explicado el origen de esta historia o fábula, del siguiente modo: Según ellos el Pontífice Juan VIII que ocupó la silla Pontifica del 872 al 882, tuvo muchas debilidades en el ejercicio de su cargo. Por ello se le acusó de haberse conducido como “pudiera haberlo hecho una mujer”, y los católicos más extremistas le bautizaron con el sobrenombre de “la Papisa Juana”.
Esta insólita historia de la Papisa Juana, verdadera o falsa, ha mantenido una polémica de siglos, al lado de otras “Juanas”: Juana de Arco (1412-1431), Juana La Loca (1479-1555), Juana de Portugal (1438-1475), Juana de Austria (1536-1579), y más cercana a nosotros la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou (1892-1979), cuyas vidas curiosas unas, sorprendentes otras, interesantes todas, les contaré en otra oportunidad., porque en fin ¿Quién no conoce una Juana en esta vida?
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