Una gran explosión produjo la actuación en La Habana del gran tenor italiano Erico Caruso, pero esta explosión no fue solo de entusiasmo.
Les cuento: Corría 1920 cuando se presentó en el escenario del Teatro Nacional una temporada de ópera con la presencia del gran Caruso, que era como haber dicho hoy Plácido Domingo o Luciano Pavaroti, antes de morir, claro.
Los amantes del “bel canto” estaban de pláceme, así como los que iban a exhibirse públicamente, y las que asistían para mostrar el ultimo modelo llegado de Paris.
La temporada se fue desarrollando felizmente hasta llegar al final.
Caruso escogió la ópera “Aída”, para su despedida de los habaneros. El escenario estaba listo. El teatro estaba abarrotado. Erico terminaba de cantar la segunda escena del primer acto, cuando estalló una bomba que estremeció el teatro.
El público se alteró, naturalmente, pero permaneció en sus butacas. Sin embargo, detrás del escenario cundió el pánico. Algunos músicos corrieron hacia la calle, otros se fueron con la música a otra parte, todos vestidos con trajes egipcios….pero ¿y el gran Caruso dónde está?. Pues Caruso, vestido de Radamés, el egipcio, corría velozmente a largo de todo el Paseo del Prado, ante la mirada sorprendida de los transeúntes, que no atinaban a comprender por qué aquel gordo vestido tan estrafalariamente orría como loco sin ser perseguido por nadie, y así llegó hasta el Hotel Sevilla donde se encontraba alojado, su carrera no fue una “marcha triunfal”, pero seguramente Erico es de esos mortales que prefieren decir “aquí corrió un cobarde que no, aquí murió un valiente”. Y se cierra el telón. (Aplausos).
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