Para los habitantes, pobladores y descendientes de las villas de Trinidad y Sancti Spiritus siempre la Torre Iznaga ha estado acompañada de recuerdos misteriosos. Desde su edificación, en fecha tan remota como la década de 1820 - 1830, en terrenos del Valle de San Luis, conocido como el Valle de los Ingenios, vecinos del lugar miraban ese singular monumento arquitectónico con gran admiración.
El dueño y constructor de la Torre era el señor don Alejo y María del Carmen Iznaga y Borrell, como podrán apreciar, era común por aquellos tiempos, mantener un nombre con dos sexos diferentes, sin implicar ello menoscabo de la moral individual. Fue considerada en su momento, por sus siete pisos de altura y una elevación de 45 metros sobre el nivel del suelo, algo así como un rascacielos de la actualidad. Pero si esa imponente mole impresionaba con su presencia también lo hacia por los comentarios sobre el porqué de su realización, creándose mitos y leyendas alrededor de ese hecho, que han llegado hasta nuestros tiempos.
Para muchos el origen de esa torre estaba en la fuerza de los celos. El señor Iznaga se había casado en julio del año 1826 con la Srta. Juana Hernández, destacada belleza física y excesiva simpatía. No quería compartirla con nadie y la encerraba en esa torre para su exclusivo disfrute. Evidentemente el Sr. Alejo tenía un concepto muy carcelario del machismo y de la propiedad privada.
Para otros se trataba de la rivalidad que la envidia despierta. El hermano de Alejo, nombrado Pedro, dueño de una finca cercana se había edificado una bella vivienda y para su satisfacción construyó el pozo más profundo de toda la región, con una hondura de 45 metros, que era motivo de comentarios de admiración. Ese hecho despertó la envidia de don Alejo María del Carmen que decidió superar esa hazaña constructiva con su famosa torre de 45 metros. Y así de un hueco, buscando el epicentro de la Tierra, salió la idea de un edificio que se aproximara al cielo. En fin, que cualquier vía es buena para buscar la fama.
Para algunos más pragmáticos, la construcción de la torre estaba dada por el interés de su dueño en convertirla en atalaya desde donde observar sus extensos cañaverales, para evitar la propagación de fuegos incipientes u otras anormalidades. También para situar allí las campanas que avisaban a los esclavos cuándo debían parar los cortes de caña y regresar a sus barracones.
No faltó quien afirmó que el motivo de su construcción fue perpetuar para la Historia el nombre de la familia Iznaga, con la admiración de las venideras generaciones. A lo mejor ese no fue el propósito pero lo logró.
Pero si la Torre de Pisa, en Italia, y la Eiffel, en Francia, llenan de orgullo a sus nacionales, no es menos cierto que la Torre Iznaga, entre Trinidad y Sancti Spiritus, hace lo mismo con los trinitarios, los cuales consideran que las famosas torres europeas superan a la Torre Iznaga en fama, pero no en la diversidad de leyendas e historias que la envuelven.
El Valle de los Ingenios quedó inscripto en la lista de Patrimonio Mundial en la Duodécima Reunión del Comité de Patrimonio Mundial, celebrada en Brasilia, Brasil, entre los días 5 y 9 de diciembre de 1988