Ese día Caracas amaneció nublada. Dicen que llovía torrencialmente y el punto más alto de la geografía venezolana, El Avila, no se veía. Tronaba y era invisible el Alto Hatillo. Caracas estaba gris, con su cielo encapotado y olía a tierra mojada. Era el 24 de julio de 1783.
Más allá de la fortísima lluvia y muy cerca de la plaza San Jacinto, en una aristocrática casa reinaba la felicidad. Luego del mediodía se supieron los motivos: “ ¡A la familia Bolívar le ha nacido un niño!” Cuentan los testigos del lugar, que a las pocas horas salió el Sol y a los seis días de nacido, bautizaron al bebé con el nombre de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios.
Simón Bolívar contaba apenas con dos años y medio de edad, cuando perdió a su padre y 9, al quedar huérfano, tras la muerte de su Madre. Ambos progenitores en vida pertenecieron a la más rica nobleza criolla. Aún cuando era el menor de los hijos, se destacaba por su liderazgo. Prefería interactuar con los esclavos y mestizos de la plantación. Junto a ellos, se bañaba en el río, jugaba al trompo y subía a los árboles. A los 8 años, gozaba de popularidad por ser excelente jinete.
Al maestro Simón Rodríguez el propio Bolívar reconoció sus enseñanzas e influencias, al escribirle: "Usted formó mi corazón para la libertad, para la grandeza, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló.”
Contaba con catorce años de edad cuando Bolívar ingresó con el rango de Cadete en el batallón de milicias de Blancos de los Valles de Aragua, y un año más tarde, era ascendido a Sub Teniente. A los quince, emprende su primer viaje por varias ciudades europeas.
La Educación de Bolívar, -escrito de su puño y letra-, “fue lo mejor que una persona de su rango podía adquirir en su patria”. Luego en Europa estudió idiomas extranjeros y en la madrileña Academia de San Fernando, perfeccionó los conocimientos de matemática. También en Madrid se casó con María Teresa del Toro y Alayza, quien lo dejó viudo, al año siguiente del matrimonio.
Las fuentes bibliográficas consultadas marcan la primavera de 1805, en Roma; donde Bolívar, junto a su maestro Simón Rodríguez, en el Monte Sacro; juró no dar descanso a su brazo, ni reposo a su espíritu, hasta liberar a su patria. Fue el punto de despegue a la infinita consagración por la independencia de la América Española.
La memoria sentimental retrotrae los últimos años de vida de Simón Bolívar, junto al gran amor correspondido: Manuelita Saenz, la Coronela quiteña, denominada la “Libertadora del Libertador”, luego del episodio del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá, donde ella le salvó la vida al héroe. Bolívar y Manuelita se amaron desde las más diversas contingencias regidas por las distancias, los peligros y las más severas críticas apegadas a convencionalismos de entonces. Se amaron durante ocho años de relación, entre ingratitudes, derrotas y glorias.
La evocación para todos los días devuelve con vida el paradigma del Libertador. Simón Bolívar germina en su tierra natal; renace en el ALBA y en la integración que abre caminos hacia las más anheladas plenitudes de la vida.
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