El verano comienza en Cuba con su abrasadora temperatura que casi ahoga por momentos. Cuando caminamos por las calles y avenidas alrededor del mediodía tenemos que llevar obligatoriamente sombrillas, sombreros o gorras: los espejuelos o gafas de sol no bastan. El calor desesperante provoca un sudor pegajoso y una sed insaciable. El aire parece denso y cuesta respirar.
Para nadie es un secreto ya, que nuestro Planeta posee altos niveles de contaminación debido al descuido humano de la naturaleza ante el desarrollo de la industria. Mas no todo es culpa del ser humano. En muchas ocasiones la propia naturaleza desata sus fuerzas y destruye para luego volver a renacer.
Es en esta etapa de renacimiento donde las personas podemos participar muy activamente ofreciendo una inestimable ayuda al entorno. Y cuando decimos personas se incluyen las instituciones por ellas creadas, los gobiernos, los aparatos legales, la sociedad en general.
Tras los huracanes, maremotos, volcanes, inundaciones, es la mano humana la encargada de volver a sembrar árboles y cultivos varios, de construir muros de contención eficaces, de limpiar los desechos y devolver el buen aspecto y funcionamiento al medio ambiente.
Tras el destructor huracán Irma muchas comunidades en Cuba perdieron puentes, carreteras, caminos y otras vías de acceso, que paulatinamente y con gran esfuerzo han ido reparándose.
Pero en las ciudades los fuertes vientos huracanados tumbaron árboles enormes que ofrecían su sombra y su oxígeno generosamente, los cuales no han sido repuestos. Más bien su huella ha sido borrada, y el espacio donde se hallaban, utilizado para otros fines.
Sabido es la importancia de los árboles y arbustos para mantener una temperatura fresca y un aire impoluto en las grandes urbes, y La Habana y otras ciudades costeras no son excepciones. Árboles que antes daban sombra a las personas que esperaban el transporte colectivo, a los paseantes de las grandes avenidas, a los niños que jugaban en parques y plazas, han sido talados y no remplazados.
Sería una bella e importante acción sembrar nuevas plantas donde fenecieron aquellas, para evitar la erosión y que la hermosa capital de Cuba y otras urbes de provincia puedan florecer literalmente cada temporada con nuevas posturas, evitando así la erosión que podría producirse debido al salitre del mar siempre vecino, ya responsable del deterioro de las edificaciones cercanas a los malecones, playas y costas.
No existe remedio mejor para evitar la desertificación que la siembra de árboles; los cuales además evitan a los humanos el excesivo calor del verano, ofrecen su abrigo protector en el invierno, entregan oxígeno, son hábitat de numerosas especies y absorben el exceso de humedad que tanto afecta a quienes vivimos en esta zona climática.
Una ardua pero necesaria tarea que devolverá a las ciudades y campos el verdor y la fuerza que la misma naturaleza eliminó una vez, pero que las personas podemos recuperar para bien de todos y del propio Planeta.