

Mucho antes de que se acuñara el término de “internacionalismo” ya era una práctica en significativas figuras de la historia. Se afirma que fue el cacique quisqueyano Hatuey, el primer caribeño en dejar sus lares para irse a luchar a una tierra hermana.
Unos tres siglos después, desde las mismas riberas, nos llegó otro hombre dispuesto a regar el suelo cubano con su sangre: Máximo Gómez Báez, situado entre esos que definiera el poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht como imprescindibles, porque son los que luchan toda la vida.
Gómez fue un genio militar, desde muy joven ejerció esa profesión en su tierra natal, pues a los 16 años se integró al ejército dominicano para repeler los intentos de invasión desde la vecina Haití y en esos lances se ganó los galones de alférez.
Coyunturas políticas en Santo Domingo lo trajeron a Cuba junto con su familia en 1865 y aquí se estableció en tierras aledañas al Ingenio Guanarrubí, en la comarca de El Dátil, perteneciente a la jurisdicción de Bayamo, que actualmente es municipio cabecera de la oriental provincia de Granma.
Solo unos meses después de su llegada a Cuba, conoció de los planes de insurrección para liberarla del yugo colonial español y se integró al movimiento. El 16 de octubre de 1868, seis días después del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, marchó a la manigua con la firme convicción de luchar hasta lograr la completa independencia o perecer en el intento.
Sus hazañas como combatiente fueron notables por ser hábil estratega y valeroso guerrero. Entre sus aportes destacan la utilización del machete como arma, experiencia que trajo de las batallas en Santo Domingo y aplicó en Cuba por primera vez el 4 de noviembre de 1868, en un combate ocurrido en Pinos de Baire, en la provincia de Santiago de Cuba.
Al concluir la Guerra de los Diez Años, tuvo que dejar la tierra cubana y se fue a Jamaica, pero nunca abandonó los ideales independentistas y por ello, comenzó a fraguar planes para continuar la lucha, pero aquellos debieron ser desechados por varios factores, entre otros, la traición de algunos complotados, el individualismo de ciertos caudillos y la actitud del gobierno estadounidense contraria a los ideales independentistas de los cubanos.
Más tarde Gómez conoció a José Martí y se sumó a la nueva etapa de la lucha emancipadora, organizada por el Héroe Nacional cubano, que se inició el 24 de febrero de 1895, en la que el patriota dominicano ocupó el cargo de General en Jefe del Ejército Libertador.
Una vez concluida la contienda, se trasladó a La Habana, donde se estableció temporalmente en la Quinta de los Molinos e incursionó en la política al ser elegido como miembro de la Asamblea del Cerro, que hacía las veces de Gobierno provisional, pero tal condición duró poco tiempo, pues entró en contradicciones con el resto de los integrantes respecto a las relaciones económicas con los Estados Unidos y fue destituido, esto provocó la ira popular y la Asamblea terminó por disolverse ante la presión del pueblo.
Sin fortuna personal, pero con una inmensa gloria como revolucionario y militar, y una irrestricta simpatía del pueblo cubano, acabó sus días Máximo Gómez Báez, el 17 de junio de 1905.
Muchas fueron las batallas que ganó para la causa de la libertad de Cuba, muy grande fue su amor por este pueblo al que vino a servir desinteresadamente: “Nada se me debe y me retiro contento y satisfecho de haber hecho cuanto he podido en beneficio de mis hermanos. Prometo a los cubanos que, donde quiera que plante mi tienda, siempre podrían contar con un amigo", escribió en una ocasión.
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