Cuba ha dado muchas heroínas, mujeres capaces de sacrificarlo todo en nombre de la justicia y la independencia. Esa es una de las principales fortalezas de la Revolución, pues, como afirmara José Martí: “En los Andes puede estar el pedestal de nuestra libertad, pero el corazón de nuestra libertad está en nuestras mujeres”.
Uno de los ejemplos más descollantes de la mujer cubana está en Mariana Grajales, quien no solo estaba dispuesta a sacrificar su propia vida, sino la de su prole, en aras de alcanzar la independencia de su patria y fue capaz de ocultar sus lágrimas de madre para elevarse al rango de madre de todos los cubanos.
Dulce, amorosa y tierna, pero exigente en cuanto a la disciplina, estricta en la educación de sus hijos, inculcó en ellos el sentido de la responsabilidad, del honor, el amor irrestricto a la tierra que les vio nacer y la intransigencia ante la injusticia, además de otros dones humanos como la cortesía y la pulcritud.
Cuentan que el general Antonio Maceo no permitía en su tropa soldados sucios, desaliñados o mal afeitados, a pesar de las duras condiciones de la vida en la manigua y la escasez de recursos, y esa exigencia la aprendió de su madre.
A Mariana la describe bien Martí en dos crónicas que le dedicara, publicadas en el periódico Patria. En la primera, que viera la luz el 12 de diciembre de 1893, escribe:
“[…] recuerdo que cuando se hablaba de la guerra en los tiempos en que parecía que no la volveríamos a hacer, se levantaba bruscamente, y se iba a pensar, sola: ¡y ella, tan buena, nos miraba como con rencor! Muchas veces, si me hubiera olvidado de mi deber de hombre, habría vuelto a él con el ejemplo de aquella mujer”.
Y más adelante: “[…] todos sabemos que de los pechos de ella bebieron Antonio y José Maceo las cualidades que los colocaron a la vanguardia de los defensores de nuestras libertades".
En la segunda crónica, salida de la imprenta el 6 de enero de 1894, el más universal de los cubanos se pregunta:
“¿Que había en esa mujer, que epopeya y misterio había en esa humilde mujer, que santidad y unción hubo en su seno de madre, que decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto?”
Y en ese mismo escrito relata la conocida anécdota del momento en que trajeron a su presencia a su hijo Antonio, moribundo. Las mujeres presentes se echaron a llorar y Mariana “[…] como quien espanta pollos echaba del bohío a aquella gente llorona: "¡Fuera, fuera faldas de aquí! ¡No aguanto lágrimas!" y a Marcos que era todavía prácticamente un niño le dijo "¡Y tú, empínate, porque ya es hora de que te vayas al campamento!".
Recordando los versos que Bonifacio Byrne dedicara a nuestra bandera, seguro que si desecha en menudos pedazos se llegara a ver algún día, entre los brazos de los muertos que se levantarían a defenderla estarían los de Mariana Grajales.