Aquella mulata humilde y de baja estatura que los mambises y pobladores del Oriente de Cuba conocieron como Mariana Grajales Cuello, la madre de los Maceo, entregó lo más valioso de sus 78 años de vida a su Patria y hoy, a la distancia de 125 noviembres de su desaparición física, se le recuerda de manera entrañable y querida.
Esta excelsa mujer que ha representado siempre la valentía y el patriotismo de las madres y féminas cubanas no escatimó la vida de los suyos por lograr el objetivo supremo de liberar su tierra.
Al igual que su esposo, sus diez varones se alistaron al Ejército Libertador, tres de ellos alcanzaron el grado de General y libraron duras batallas, en el campo militar y el moral. Así fue creciendo la leyenda de los Maceo y con ellos la de Mariana Grajales, quien atravesó montes para curar heridos, dar apoyo a las tropas y se arriesgó al peligro de las balas en los campos insurrectos.
Con valor y entereza cumplió con su deber sin abandonarse al dolor de la pérdida de sus seres queridos. Ellos lucharon con el machete en la mano, ella con el corazón, por eso ha trascendido en el tiempo como modelo de la cultura familiar cubana.
Después de pasar diez largos años en la manigua redentora y ocurrir el Pacto del Zanjón, Mariana tuvo que asumir un obligado y duro exilio en Kingston, Jamaica.
Tampoco allí descansó en su afán por la independencia y, aunque sentía ya los rigores de la vejez, se unió a sus hijas y nueras en la insistente labor de crear los clubes patrióticos en apoyo a la causa libertaria de su amada Cuba. En “tierra extraña”, como afirmó Martí, la sorprendió la muerte el 27 de noviembre de 1893.
En el cementerio jamaiquino de Saint Andrewꞌs quedó enterrada la anciana patriota, apenas dos años antes de que los hijos que le quedaban vivos reiniciaran, otra vez, la guerra.


Pasados casi 30 años de su fallecimiento, el 22 de abril de 1923, sus restos fueron sacados del cementerio de Kingston y trasladados a Santiago de Cuba, donde fueron depositados dos días después en el cementerio de Santa Ifigenia, en su tierra natal como era su deseo expreso.
Un mar de pueblo acompañó el entierro en suelo cubano de las cenizas de Mariana aquel 24 de abril. Allí se guardan y se le rinden cada día hermosos honores, “en la Patria que ella no vio libre”, al decir de Martí, para “dar con el relato de su vida, una página nueva a la epopeya”.
La historia recoge un pasaje extraordinario, cuando el Che le expresaba a su madre “…yo no te pido tanto”, en carta remitida desde México, poco antes de partir en el yate Granma rumbo a Cuba, y en la cual le pedía comprensión a su decisión de luchar por la libertad de esta tierra y le exponía el ejemplo de Mariana, que se lamentó de no tener más hijos para ofrendar a la Patria.
Del paradigma de Mariana se debe aprender todos los días, de su concepto del deber, del honor, del decoro y de la disciplina que también supo cultivar en los integrantes de su familia Maceo–Grajales, de su capacidad de resistencia ante las vicisitudes y su extraordinario valor.