
El 29 de septiembre de 1906 se inicia la segunda intervención yanqui en Cuba, después que un conflicto interno entre partidos políticos que se disputaban el poder, con un presidente incapaz de resolverlo: Tomás Estrada Palma, solicitara dos semanas antes a Estados Unidos la intervención de sus tropas, lo que se llevó a cabo al amparo del Artículo 3 de la ominosa Enmienda Platt.
En esa fecha llegaban al país seis naves de guerra con unos tres mil marines, haciéndose cuenta de la gobernatura de la nación el entonces secretario de Estado, William H. Taff, quien posteriormente dejó en el cargo a Charles Magoon. Estrada Palma había renunciado, al igual que sus principales colaboradores, a fin de que ocurriera un vacío de poderes que obligara a Washington a intervenir.
Fueron dos años y cuatro meses lo que duró esa segunda intervención norteamericana y durante ese período (1906 – 1909), ninguno de los problemas fundamentales del país se resolvió, a no ser seguirla entregando a los monopolios yanquis para reafirmar su hegemonía política y económica.
En ese periodo de tiempo, las autoridades norteamericanas se repartieron por igual a los políticos corruptos de ambos bandos, dinero y dádivas a costa del presupuesto nacional, fortalecieron el ejército y la penetración de los intereses en gran parte de la economía cubana.
En su proclama final, en nombre del presidente de Estados Unidos, Magoon declaró que todos los decretos de su administración, los contratos y las deudas y obligaciones contraídas du¬rante esta, tenían que ser reconocidos y satisfechos por la República cubana.
La intervención se caracterizó por el derroche de los fondos públicos, la corrupción política y administrativa, el endeudamiento de la República y las transacciones onerosas. Sentó un nefasto precedente de corrupción desenfrenada, prevaricación, fraude, juego, enriquecimiento ilícito y abuso de poder, que se acentuaría como uno de los graves males de la República. Fue violenta la represión contra los obreros que reclamaban racionales demandas como jornada de ocho horas, salarios justos, seguridad en el empleo y trato adecuado.
La actuación del gobernador norteamericano Charles A. Magoon es una muestra de la forma en que concebía los Estados Unidos el “ordenamiento” del país. Manejó a su antojo el tesoro público y al concluir su mandato dejó a Cuba una deuda de unos 12 millones de pesos. Se esforzó por dividir al pueblo y llevó a cabo obras públicas de pésima calidad y con cuantiosos gastos.
Para colmo, el gobierno de Estados Unidos exigió a Cuba el pago de la intervención, odiosa para el pueblo, alegando que nuestro país debía sufragar los desembolsos extraordinarios hechos para pacificar la isla.
Esta intervención duraría hasta el 28 de enero de 1909, cuando toma el poder tras elecciones el segundo presidente de Cuba, Mayor General José Miguel Gómez. El discurso estadounidense ante la circunstancia de la segunda intervención en Cuba estuvo determinado por el contexto en que se produjeron aquellos acontecimientos, cuando era necesario mejorar la percepción sobre Estados Unidos en el continente. Era un momento importante en su estrategia continental, por lo que había que asegurar el éxito.
Aunque el pueblo se opuso tenazmente a esta nueva injerencia norteamericana en Cuba, nada pudo hacer entonces, a no ser esperar a que se retiraran las tropas dejando un nuevo presidente entreguista y bandido como el anterior, José Miguel Gómez, apodado por el pueblo como “el tiburón”.
Y no podemos olvidar esa fecha, más ahora que una nueva casta de mercenarios vestidos de “disidentes” y “opositores” se encaminan a Washington como corderos, a pedirle al imperio que regrese con sus cañoneras, como hicieron hace 113 años, a arrebatarle al pueblo su dignidad y sus libertades; cuando hoy es más agresiva hacia Cuba la proyección del gobierno de turno de los Estados Unidos, con sus planes de recrudecimiento del bloqueo económico, financiero y comercial, y su oratoria hostil hacia Cuba.
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