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“(…) Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia (…)”, fue la respuesta que dio mi abuela materna cuando le pregunté si recordaba algunos fragmentos de la Carta del Che.
Tal vez, el documento sea una de las misivas que más memoricen las generaciones adultas de cubanos, por la tristeza desgarradora que causó en los revolucionarios de entonces.
“Recuerdo que la escuché por Televisión, cuando Fidel Castro le dio lectura , el 3 de octubre de 1965. Era un joven de a penas 26 años de edad, y lo que más me marcó fue el silencio sepulcral que se adueñó del momento. Es algo que nunca he podido olvidar”.
Me confiesa el economista Antonio Días Fariñas, quien añade algunas líneas inexactas, -recalca¬-, que no abandonan los horizontes de su memoria: “Un día vinieron preguntando en caso de muerte, a quién avisaríamos, y fue cuando nos dimos cuenta de que la muerte era verdadera…”/ “Otras tierras del mundo reclaman mis modestos esfuerzos…”
Y es que como estos fragmentos, cada palabra de la Carta de despedida del Che a Fidel, remueve las emociones de quienes como yo, no tuvimos el privilegio de conocerlo.
La leí hace algunos años, quizás sin la madurez necesaria para comprender la envergadura del documento histórico, y lo volví a hacer cuando me preparé para las pruebas de ingreso a la Universidad.
Hoy vuelvo sobre ella, pero imagino cuánta responsabilidad y sentimiento debieron sentir las dos: el Che, al escribirla, y Fidel, al darle lectura frente a un pueblo consagrado.
Como documento, revela en su estructura cualidades indiscutibles de ambos líderes históricos, que demuestran la gran simpatía y respeto que caracterizó su amistad.
“(…) He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la Crisis del Caribe (…)”
“(…) Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo al que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos (…)”.
Y así lo cumplió el Che. El caballero gallardo de Carilda Oliver, el amigo inseparable de Camilo Cienfuegos, el hermano entrañable de Fidel y el Guerrillero Heroico de todos los jóvenes de Cuba, que día a día nos proponemos ser como él.
¿El motivo? Le sobraron ejemplos de solidaridad, patriotismo e identidad, que convierten a cualquier hombre en ídolo para los demás.
Incondicionalidad: “(…) Hago formal renuncia de mis cargos en la Dirección del Partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos (…)”
Internacionalismo: “(…) Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos (…)”
Identidad: “(…) Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu (…)”.
Desinterés: “(…) Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea. Que no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse (…)”
La respuesta a qué sintió un pueblo entero cuándo lo escuchó de Fidel, quedará en la memoria y el corazón de los que vivieron el momento. Para los que vinimos después, solo nos quedan las anécdotas de nuestros padres y abuelos, y el sentimiento patrio que experimentamos cuando leemos sus líneas.
Por eso la despedida no es un adiós, sino un “Hasta la victoria siempre, ¡Patria o Muerte!, como él mismo vaticinó.
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