Sara y Valentín se conocieron hace aproximadamente 3 años, en su centro laboral. Ella, una joven soltera, sin hijos y de 26 años. Valentín, de 38 años, soltero y con un hijo. Ambos con gustos y preferencia muy similares: el teatro, la buena literatura, la música, el cine, el ballet y escribir cartas pasionales.
Su historia de amor comienza cuando ella le escribe a él, a través de un correo electrónico: “Me gusta cuando callas, porque estas como ausente”.
En respuesta a las ardientes palabras de Sara, Valentín le responde: “Para ti nunca estoy ausente, te lo juro”.
Poco a poco fue creciendo entre Sara y Valentín una historia pasional a través de mensajes de correo. Ella no tenía ojos para otros jóvenes. Él se dedicó por completo a responder los mensajes de su amada, hasta que ambos decidieron hablar de frente sobre la emoción que sentía el uno por el otro.
Ella le confesó que lo ama desde el mismo instante que lo vio por primera vez, que desde entonces no ha dejado de amarlo: en la distancia, el recuerdo, la letra de una melodía, o simplemente por el perfume que usa.
Él, ante tal confesión de amor no dijo nada, respondió con un beso pasional. Según nos cuenta Sara en una misiva, fue un beso desmedido, de esos que dejan a una nerviosa por unos instantes. Un beso que los mantiene unidos, tal vez por el resto de la vida.
En un día de desespero, Sara le escribe a Valentín: “Te moriste”. Ante la frase él le contesta con esta carta apasionada:
“Para ti nunca estaré muerto
seré siempre la gravedad que sostiene tu cuerpo
los huesos que conforman tu esqueleto
la carne que te cubre
el corazón que a ratos late por mí.
Nunca moriré
para llenarme de tu cariño infinito,
de tu ternura deseada
de ese amor que dispara mis emociones.
No, no moriré nunca
mientras sientas que el aire que te rosa
soy yo,
mientras el agua que bebas
soy yo,
mientras el sol que calienta tu cuerpo,
soy yo,
no moriré
porque todo lo que
toques seré yo.
Te juro que no moriré,
siempre viviré, para amarte.
Conmovida ante tan delicadas palabras Sara le responde a Valentín: “Que lindo, que lindo, que lindo eres. Si te dijera que estás en cada latido de mi corazón, te mentiría. Estás en el breve espacio de tiempo que los divide. En ese espacio que pide a suspiros, como agonizante, tu tierna mirada, el sabor de tus labios, el calor de tu piel y tus abrazos.
Ahora entiendo el amor, y porqué se sufre. Hasta ayer podía decirte tantas cosas, tantas, pero ahora solo te respiro, solo veo tu silueta cada mañana al levantarme, solo te pienso y te extraño, hasta cuando estás cerca, ahora solo te busco, y te siento.
Ahora entiendo por qué, justo antes de conocerte, sentía que algo faltaba. Y ahora... qué hago con este amor que se me vuelve estrella dentro, que me quema y altera mis sentidos. Siento que estaré siempre a tu lado para apagar tu soledad, para amarte siempre. Pero ahora te busco otra vez, y otra vez, y miro hacia un rincón, donde, definitivamente, faltas”.
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