
Entre los libros que se conservan como preferidos toda la vida y se leen con amor una y otra vez, incluso cuando llegan los hijos y nietos, está con todo merecimiento La Edad de Oro, la publicación que en cuatro números entregó para aquellas y las sucesivas generaciones su redactor y editor José Martí.
El título proviene de Aaron Dacosta Gómez, patrocinador y propietario del proyecto, pero sin dudas al alma creadora de la revista fue Martí. En ella halló la forma de acercarse al mundo de los niños, dialogar con ellos de manera sencilla, amorosa, motivadora y estimulante de acciones buenas, generosas y bellas.
No por casualidad a pocos días de su primera edición, en carta a su amigo Manuel Mercado fechada el 3 de agosto de 1889, el Héroe Nacional puntualizaba que su objetivo era “llenar nuestras tierras de hombres originales, criados para ser felices en la tierra en que viven, y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella ni vivir infecundamente en ella”.
Han transcurrido 130 años desde que viera la luz esa publicación mensual desde Nueva York dedicada a los niños de América, según consta en su portada, pero que por su contenido alcanza a toda la familia, en su empeño de ofrecer a la par recreación e instrucción.
En especial a ellos dedicó textos que no podía decir en aquel momento a sus padres y abuelos. Por ejemplo, en Músicos, poetas y pintores hay unas preciosas alusiones a la tercera edad y en Cuentos de Elefantes llega el mensaje de la longevidad a través de esos animales y el cultivo de su inteligencia.
La revista, a pesar de su corta duración, tuvo gran acogida entre el público al que iba dirigida y contenía diversos géneros literarios como cuentos, fábulas, versos, crónicas, reseñas de diferentes lugares y artículos instructivos, entre los que pueden citarse Tres Héroes, referido a tres de los grandes patriotas de América: Bolívar, San Martín e Hidalgo; Las ruinas indias en que describe de forma inigualable las ciudades desaparecidas de la América indígena y El Padre de las Casas, en que hace un estudio admirable del gran defensor de los indios.
El primer número fue editado en el mes de julio de 1889 y ya en agosto y septiembre se hallan reseñas muy elogiosas sobre La Edad de Oro. En la Revista Cubana, Enrique José Varona da a conocer una breve pero entusiasta noticias sobre esta, al señalar que era “un periódico para los pequeños, que merece toda la atención de los grandes”, “bien impreso, muy bien escrito y mejor sentido”, por lo cual “no quisiéramos que faltase en ningún hogar cubano”.
A través de cada una de sus páginas Martí muestra las cosas que suceden en la vida cotidiana, donde por un lado están lo bueno y lo bello, y por otro lo malo y lo feo en las relaciones humanas, ante lo cual deben cultivarse las virtudes para que florezcan sobre los vicios, los defectos y los errores de las personas.
De ella sólo aparecieron cuatro números entre julio y octubre de 1889. Dejó de salir al presentarse una contradicción entre Martí y el editor. En 1905, diez años después de que Martí cayera en Dos Ríos peleando por la libertad de Cuba, un alumno suyo, Gonzalo de Quesada, reunió los cuatro números de la revista y con ellos hizo un libro.
La Edad de Oro llega hoy, a cien años de distancia, con una frescura única, válida y vigente en sus páginas, hablando a los niños en un lenguaje universal que no conoce tiempos ni distancias.
Martí trasciende los límites de escritor, poeta, pensador, luchador… y se muestra en una faceta de psicólogo, dando buenos consejos a los niños. Su pensamiento y accionar no hacen otra cosa que dar opciones, orientar, brindar alternativas, abrir mentes; una constante invitación a pensar resulta la iniciativa y el arma fundamental que les regala para enfrentar la vida.
Martí en este hermoso libro escribe desde el niño que lleva dentro, para los niños de América. Su gran capacidad de abstracción y sobre todo la difícil tarea de ponerse en el lugar de un niño la resuelve con La Edad de Oro.
Un paseo por la tierra de los anamitas, Historia de la cuchara y el tenedor, La exposición de París o El camarón encantado, son muestras reveladoras de un pensamiento superior del que estaba ávido y necesitado el pueblo americano del siglo XIX y mediante la exposición del mismo a sus niñas y niños resultaba un excelente punto de partida para comenzar a generar un cambio de mentalidades.
A pesar de ser tan diversas las temáticas abordadas, se observa en todo momento un común denominador: el objetivo martiano es configurar un código de valores cuyas bases esenciales son el sentido del deber, la belleza entendida como perfeccionamiento y la bondad consciente acompañada del conocimiento del mundo, que ayude a niños y jóvenes a conducir sus vidas. Una transmisión de valores que se lleva a cabo siempre intentando conmover a través de los sentimientos.
La Edad de Oro se vuelve cada vez que se quiere sentir de cerca la ternura.