
Como patriota plenamente identificado y comprometido con la independencia de Cuba desde el inicio de la guerra en 1868 hasta su muerte, Juan Gualberto Gómez desarrolló una intensa campaña de preparación hacia los cubanos y los peninsulares honestos para lograr la necesaria unidad.
Por sus excepcionales condiciones y su vida dedicada a la Revolución, José Martí depositó en él toda su confianza y lo convirtió en su representante en Cuba para organizar el reinicio de la lucha por la independencia en 1895, misión que cumplió ejemplarmente con la misma pasión y valentía con que posteriormente se opuso a la intervención norteamericana y la Enmienda Platt, enfrentándose abiertamente al anexionismo y a los gobiernos de turno.
El periódico El Fígaro, que circulaba en La Habana, publicó precisamente el 20 de mayo de 1902 algunos fragmentos de la valoración que realizara Juan Gualberto Gómez al respecto: “… procurar a todo trance que la República por la cual iban a luchar fuera eminentemente latina, naciera sin compromiso ninguno con nuestros vecinos sajones y afirmara su existencia principalmente en la solidaridad con la América española”.
El propio Martí reconoció su cubanía, su dignidad y cuánto crecía en sus ideas independentistas y en su lucha por la igualdad de los negros y los blancos. En una ocasión expresó: “Él tiene el tesón del periodista, la energía del organizador y la visión distante del hombre de Estado”.
Ese patriota íntegro, hijo y nieto de esclavos, tuvo la ejemplar misión de fraguar la nacionalidad cubana mediante su trabajo incesante en la emigración, los sufrimientos que soportó en las prisiones españolas y en el destierro, y su ingente labor como fiel delegado personal de Martí.
Fue uno de esos cubanos que se destacaron por mantener siempre una actitud intachable e inclaudicable al lado de su pueblo y de la Patria, y por ser un extraordinario periodista de enorme cultura y estilo único, un intelectual revolucionario que cultivó variados géneros como la crítica, la poesía, los artículos de fondo, la información y la denuncia veraz.
A ello contribuyó su gran sensibilidad y sus profundas inquietudes humanas y revolucionarias, así como la comprensión de los derechos de su raza negra. Y así se mantendría buena parte de su vida, enfrentando al colonialismo español a través de sus escritos en la prensa u organizando y componiendo activamente la lucha por la libertad de Cuba.
Nació el 12 de julio de 1854 en Vellocino de Oro, un lugar de la tierra matancera donde crecía y se molía la caña de azúcar. Vino al mundo libre, porque sus padres Fermín Gómez (Yeyé) y Serafina Ferrer (Fina) compraron su libertad cuando aún estaba en el vientre de la madre, pero él fue muy sensible ante los impactos de la realidad social imperante en la época y los maltratos que recibían los negros esclavos.
Tenía solo 10 años de edad cuando sus padres dejaron aquel ingenio y se radicaron en La Habana, emprendiendo así una vida cargada de limitaciones por el color de su piel y de muchos riesgos ante los adversarios. En cada etapa de su vida comprendió siempre la necesidad de entregarse plenamente a las condiciones más desventajosas.
Con su integralidad demostrada a lo largo de sus 78 años, Juan Gualberto Gómez ha sido uno de los más extraordinarios ejemplos de heroísmo, principalmente anónimo, en la historia cubana. De una fidelidad y entrega probadas durante décadas, resalta en él su posición vertical como patriota al oponerse resueltamente a hacer de Cuba una colonia yanqui.
Amó a su tierra como todo él pudo hacerlo: defendiéndola con la pluma y con la acción organizadora y unitaria que se requería. Amó a su bandera más que a nada y así expresó sobre ella a una joven de apenas 13 años de edad: “A esa tienes que defenderla con tu vida”.
La Historia recoge con especial orgullo y sentimiento de gratitud aquellas que fueron sus últimas palabras: “Cuba, Martí, Cuba”.