Dejemos que el Daiquirí cuente su refrescante historia: “Con fecha exacta - 1889 -, un capitán del Ejército Libertador visitaba al gerente, en las minas ferrosas de Daiquirí, en la región oriental de Cuba. Luego de las caminatas y las charlas, coincidieron en la urgencia de un trago frío, revolviendo y agitando lo que tenían cerca: ron, azúcar, limón y necesariamente, hielo abundante. Batieron en una coctelera aquella liga improvisada y resultó una sorpresa gloriosa. Allí mismo bautizaron el novato, el novísimo cóctel: me llamaron Daiquirí, en honor a mi suelo natal. Esa palabra taína, esa palabra amada, me abanderó, y la he paseado entre las banderas de la humanidad”.
Desde el Caney, llevaron hasta Santiago de Cuba mi inscripción de nacimiento, y el primer santiaguero que embarcó en un tren hacia la capital, y no han sido pocos hasta hoy, trajo a La Habana la primicia de mi receta. Primero me puse de moda, y luego y siempre, hábito en cafeterías, restaurantes y en las fiestas. Recuerdo con especial memoria a Maragato, el famosísimo cantinero del hotel Plaza, que me impuso en su barra como estrella de su repertorio, frente a la competencia extranjera de coñacs, vermuts, ginebras y whiskys. En el Plaza conquisté mi título nacional”.
Pero estaba reservado a más altos destinos, y a dos esquinas del templo pagano de Maragato, me fui creciendo en edad y prestigio, en las manos del mago Constante, en el universal Floridita. Aquel fue para mí una escuela, al final, una graduación, y hasta unas gotas de Cointreau para algunos que así me paladeaban, me empinaron a la fama. En el bar Floridita, servido por Constante, o por Meilán, su discípulo estelar, me universalicé”, se globalizó, como se dice ahora”.
Daiquirí
En la batidora:
½ cucharadita de azúcar,
Jugo de ½ limón,
Gotas de Marrasquino,
1 ½ onza de Ron Light Dry,
Una buena cantidad de hielo frappé.
Batir bien y servir en copa de champán.
AVISO: Con moderación, ¿eh?
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