Habían transcurrido solamente cincuenta y siete días desde el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, de Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente, cuando se iniciaban las sesiones del juicio que respondía a la Causa 37 del año 1953 o el Juicio del Moncada como también se le conoce.
Fue considerado el juicio más importante del siglo por los magistrados actuantes en el mismo y conformó el escenario donde se puso sobre el tapete la esencia ilegal y represiva de la tiranía batistiana, por un lado, y la fortaleza de las ideas y principios de un grupo de jóvenes martianos, por el otro.
La primera vista del juicio se inició el 21 de septiembre a las diez y quince minutos de la mañana, caracterizada por un ambiente político muy tenso. Además, en el Salón del Pleno de la Audiencia de Oriente donde se efectuaba, el más amplio espacio del Palacio de Justicia, el calor era intenso debido a que sus puertas y ventanas permanecían cerradas.
Tanto a la primera como a la segunda vista efectuada al día siguiente, fue conducido en calidad de principal encartado el joven abogado Fidel Castro Ruz, jefe del movimiento revolucionario, que más tarde se conocería como de la Generación del Centenario.
La valentía, ecuanimidad y firmeza del líder se manifestó desde el primer momento cuando llamó la atención del Tribunal y protestó en relación con lo insólito que era procesarlos con las manos esposadas. El Presidente del Tribunal aceptó y para resolver esta primera escaramuza ganada por los revolucionarios la apertura de la vista se demoró 45 minutos.
El secretario del Tribunal dio lectura al informe acusador redactado por el Jefe del Distrito Militar de Oriente, el coronel Alberto Río Chaviano, quien había sido el principal responsable del asesinato de los jóvenes asaltantes en los días que siguieron al ataque.
Entre las mentiras señaladas por este militar, también conocido como El Chacal de Oriente, se destacaban la vinculación de los moncadistas a los políticos tradicionales, el “modernísimo” armamento utilizado por los asaltantes, el engaño de que a su criterio fueron objeto los participantes por parte del jefe de la acción y el comportamiento vil que mostraron en el asalto, donde según él habían dado muerte a cuchillo a personas indefensas e inocentes.
Este desmoralizado informe constituyó el punto de apoyo para que los encausados, luego de reconocer con orgullo su participación en las luchas, declararan la verdad relacionada con la preparación de la acción, la procedencia de las armas y el sacrificio para reunir el dinero necesario, que fue usado por el Movimiento en armamentos, municiones, traslado y alojamiento.
Cada uno de ellos al intervenir ante el Tribunal denunció la brutal persecución que se desató contra los revolucionarios y la forma en que fueron eliminados sus compañeros, los cuales aparecerían en las listas elaboradas por la tiranía como “hombres muertos en combate”.
Una verdadera conmoción suscitó la comparecencia de la destacada revolucionaria Haydée Santamaría en dicha sala. Los presentes escucharon, a través de aquella voz cargada de emoción y rabia, los detalles sobre las torturas y las muertes de algunos de los asaltantes, entre los cuales estaba su hermano Abel y su novio Boris Luis Santa Coloma.
Esta Causa 37 se caracterizó por poner al descubierto muchas irregularidades. Fidel y sus compañeros imputaban mediante ideas y ejemplos acusatorios los sucesos que habían dejado una secuela de torturas, asesinatos y detenciones. El joven líder revolucionario asumiría con entereza y valentía su propia autodefensa y pasaría de acusado a acusador con su verdad irrebatible.
La escritora y periodista cubana Marta Rojas, Premio Nacional de Periodismo José Martí 1997 y ganadora del Premio Alejo Carpentier de novela 2006, quien fue testimoniante excepcional de lo vivido en aquellas sesiones del juicio acontecido contra Fidel y los demás asaltantes, recrea en su libro El juicio del Moncada aquellas notas de prensa que en aquel tiempo nunca fueron publicadas, debido a la censura de prensa.
Solo seis años después, con el triunfo revolucionario, lo armó como un libro. La primera edición fue muy popular y la publicó la Editorial Tierra Nueva en forma de unos pequeños folletos. Después se hizo otra en Ediciones R y de ahí sucesivamente hasta actualidad, sumando ya varias ediciones.
Una de las primeras ediciones contó con el prólogo de Haydée Santamaría y Melba Hernández, quienes consideraron: “Desde el primer instante, la autora hizo una proyección de futuro y no tomó las notas como función a cumplir, sino que fue atenta y celosa observadora de lo que estaba sucediendo entre las bayonetas que invadían el local donde se celebraban las vistas de aquel juicio.
Pudo aquilatar que en ese lugar iba germinando una simiente renovadora que transformaría por completo el basamento de aquella sociedad corrompida: allí se estaba determinando el porvenir de todo un pueblo… Después de haber sido leído este libro por varios participantes del hecho, nos sentimos con absoluta tranquilidad histórica, ya que los aspectos más importantes se encuentran reflejados”.