
Había una vez un niño cubano, huérfano de padre y madre, natural de Holguín, nacido en el año 1931; que para poder estudiar, con seis años de edad, trabajaba bajo el Sol, quemando calderas de cal. Con los frutos del trabajo, compraba sus cuadernos escalares de la enseñanza primaria. Ese niño logró sus sueños, al graduarse de la carrera de Ingeniería en Telecomunicaciones, gracias a los planes de estudios superiores creados a partir del Primero de enero de 1959.
Érase una vez un niño cubano, hijo de padre y madre enfermos, en salud comprometida, natural de La Habana, nacido en el año 1930; que con siete años de edad, comenzó a trabajar fregando botellas en una destilería, cuando sintió el rigor de la pobreza familiar y el dolor del hambre en el epigastrio. Ese niño vio cristalizados sus anhelos, al formarse como músico profesional, y egresar de rigurosas academias musicales cubanas, luego del Primero de enero de 1959.
Estas historias, reales, fieles y vivificadores, podrían repetirse en diversas voces, fuentes y testimonios. No son cuentos de hadas. Muchísimo menos, fruto de la imaginación y de la ficción para dar vida a la palabra escrita o hablada.
Las realidades de nuestro cotidiano vivir son evidentes. Cuba, resiste con estoicismo paradigmático el bloqueo económico más largo y despiadado de la historia, impuesto por los Estados Unidos y que aún perdura con total inmunidad, más allá de las condenas, denuncias, críticas y rechazos internacionales en diversas tribunas; entre ellas, Naciones Unidas.
Nuestras limitaciones materiales y carencias de recursos, en el hogar, en el trabajo y en la cotidianeidad son palpables, son evidentes, más allá de todos los esfuerzos del país y la voluntad política por mitigar ausencias y propiciarnos la vida colmada de plenitudes. No obstante, a los cubanos, se nos dan plenos derechos de acceso sin límites a la salud, la educación, el deporte y la cultura. Nuestro pueblo, por derecho es cordial, noble, bondadoso, solidario y humanitario. Muchas veces he escuchado el testimonio de un viajero internacional al decir: “No me adapté a la vida allá, porque nadie te mira a la cara, nadie te saluda, nadie te ayuda en la calle, aunque desmayes.”
He visto fuera de Cuba y en el siglo que vivimos; a niños y niñas de muy corta edad, en trabajos fuertes, a riesgo de perder la salud; más allá de haber mutilado abruptamente, las fantasías y el singular encanto de la ternura, cual prodigio e identidad exclusiva de esa etapa de la vida: la infancia. Esos niños y niñas no juegan. ¡Trabajan duro! Esos niños y niñas no ríen. Sus rostros son flores, pero marchitas.
Cuba hoy
Cuento admirada sobre la vida de un hermoso niño, nacido en La Habana, en el año 2006, que se atiende gratuitamente con los mejores pediatras cubanos, -¡para respetar!-, es muy feliz junto a su hermanito menor; ama a su Escuela, y su única preocupación hoy son los estudios, los mimos y atenciones de sus padres, -ambos profesionales-, sus paseos a hermosas playas cubanas, y los parques de diversiones. Posee dotes de la Divinidad por su inteligencia superior, mientras disfruta, con sus amiguitos, entre juegos y risas amplias y sinceras.
Esta historia, no corresponde a la literatura infantil de ficción. Es real. Tan cercana y cierta, como la vida en Cuba; donde se respetan todos los derechos de nuestros niños y niñas, a vivir felices, a reír y a jugar libremente en parques y ciudades. Alegran los amaneceres. Son nuestros soles de alegrías de todos los colores, en primavera.
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