
“Pero queda mucho por hacer, mucho por trabajar, muchas emociones”, afirmó el eminente compositor, pianista y jazzista cubano Chucho Valdés, al recibir el Premio a la Excelencia Musical en el marco de la 19 edición de los Grammy Latinos, en noviembre del pasado año. Y no dudamos de ello hoy, cuando arriba este 9 de octubre a los 77 años, lleno de goce y creación como auguró.
Su vida y obra musicales son desbordantes, llena de lauros y reconocimientos nacionales e internacionales y sobre todo, del amor del público cubano, la admiración mundial, y de los músicos del jazz, género que lo apasionó desde niño y al cual ha hecho numerosos e importantes aportes, lo que le valió ser inscripto en el Hall de la fama del Jazz Latino en Los Ángeles en el año 2000.
Dionisio Jesús Valdés Rodríguez, nacido en el pueblo de Quivicán, en La Habana, e hijo del eminente pianista afrocubano ya fallecido, Bebo Valdés, a quien él le atribuye “estar donde está”, es para los cubanos y el mundo, sencillamente Chucho Valdés.
Cargado de Premios Grammy, con ocho de ellos, y nominado en 19 ocasiones. Ovacionado y laureado en numerosos escenarios y concursos del mundo, Chucho, para los cubanos, además del orgullo de contarlo entre los grandes del mundo, está el regocijo de tenerlo como hijo ilustre de Quivicán. A lo cual se suma la condecoración con la Orden de Primer Grado Félix Varela, que le fue otorgada por el Consejo de Estado de la República de Cuba, por sus relevantes méritos artísticos.
O el recibir el gran premio Extraordinario Cubadisco 2012, que le entregaron en la Feria del Disco Cubano. O su protagonismo en los Festivales Internacionales Jazz Plaza en Cuba y su presencia como profesor en el Instituto Superior de Arte de la Habana (ISA), son algunas de las acogidas en su tierra.
Para sus compatriotas, es también el máximo exponente del jazz afrocubano, del que se nutrió de Bebo. El fundador, en 1973, del histórico grupo Irakere, considerado por especialistas, el más importante de la historia de la música cubana en la segunda mitad del siglo XX, por su “explosiva mezcla de jazz, rock, clasicismo y música tradicional cubana”, sonido que le atribuyen como inédito, revolucionando la música latina.
De este período creador en Irakere, trascienden obras suyas como “Misa Negra” y Shaka Zulá, para ser interpretadas por su grupo y la orquesta sinfónica.
Anécdotas sobre Chucho hay muchas en su extensa y precoz vida artística. Él mismo cuenta en una entrevista, que a los tres años, su padre llegó a la casa y lo encontró tocando melodías al piano con ambas manos y quedó sorprendido cuando al preguntarle a su madre y abuela quién le estaba enseñando, le respondieron que yo lo observaba tocar el piano y cuando se marchaba, lo imitaba. “Desde entonces, comenzó a darme clases mi padre y luego a los cinco años, me puso un profesor de teoría y solfeo en la casa y a los nueve años, entré en una escuela de música a estudiar piano”.
Enorgullece a los cubanos cuando fue declarado Embajador de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ante la ONU, en ceremonia en la Ciudad del Vaticano en el 2006. Distinción que le otorgaron por su consideración al donar los fondos que se recaudaran con una composición suya “Haití Volverá”, a favor de las víctimas del huracán que devastó al país caribeño.

Igual, narró a una periodista cuando entró por primera vez a la Casa Blanca, en Washington, y junto a “grandes estrellas del Jazz”, como en reunión familiar y musical, se integraron muy bien unos con otros para tocar. “Demostramos que el Jazz está tan internacionalizado que músicos de diferentes latitudes se pueden encontrar y hacer música juntos. Fue muy especial, como un abrazo de familia celebrando la universalidad del jazz”, confesó el Maestro.
Por supuesto que no nos imaginamos a Chucho como dijo jocosamente que pensaba estar (a estas alturas), “en el patio de mi casa dándole de comer a mis gallinas”, cuando le dieron en el 2018 el Grammy Latino a la Excelencia, aunque a seguido aclaró, que le quedan muchas emociones por vivir.
Con su ladeada boina que casi siempre lo acompaña como amuleto o sello distintivo de su personalidad, un anillo en el dedo meñique que da magia a sus manos cuando se desplazan elegante y magistralmente por el teclado entregando notas sublimes, la alta figura, todo un conjunto que esperamos seguir disfrutando junto a su jazz. Ese es Chucho.
