Ernesto Che Guevara atesora un calado profundo en el corazón de cuantos siguen sintiéndolo vivo y habita con más fuerza cada día en quienes se inspiran en su legado y en su ejemplo, a pesar de que el odio imperialista arrebató su vida hace ya 52 años.
Su presencia es incuestionable en la faena cotidiana de los cubanos y de muchos en el mundo, porque lo saben presente en la secuencia compleja y heroica de estos tiempos, como lo fue también décadas atrás.
El asombro que sigue provocando su fiel y entrañable compañía es aquella imagen que guarda sobre todo el pueblo cubano de un hombre sencillo, que al llegar a los lugares, dígase fábricas y labores en los campos, se bajaba rápidamente del carro e iba directo a los hombres, a estrecharles las manos y a compartir con ellos el trabajo, el almuerzo, el descanso breve y alguna que otra broma, como uno más, sin ningún tipo de protocolo ni desplante.
Che siempre insistió en la necesidad de educar a las masas en el espíritu de fidelidad a los intereses sociales, de una elevada conciencia del deber social y de intolerancia hacia las infracciones de los intereses colectivos, lo que traducido a las condiciones actuales de Cuba se resume también en pensar como país, porque consideraba que el colectivismo propugnaba el desarrollo del compañerismo y la solidaridad, del respeto mutuo y del apoyo de unos con relación a otros, tanto en lo referente a la conservación de los grandes ideales sociales como en el acontecer cotidiano.
Pocos hombres han legado a la posteridad un patrimonio más puro, una herencia tan hermosa y profunda. Pocos como él supieron demostrar, con la actitud y la acción revolucionarias, que “el corazón humano es lo suficientemente vasto para que en él se encierre el mundo entero”, pero que ese legítimo y poderoso amor a la humanidad hay que transformarlo cada día, para que sea válido, en hechos concretos de lucha, de creación, de trabajo y sacrificio.
El Che confió plenamente en las masas y a ella exhortó ante la necesidad de forjar en los trabajadores una sólida cultura económica, donde se fomentara la conciencia del ahorro, del cuidado de la propiedad social, el incremento de la productividad, la planificación, la organización del trabajo y el cauce de la iniciativa creadora, tan necesarias siempre, sobre todo por estos días.
Consecuente con su vida de que el único modo de movilizar a los demás era mediante el propio ejemplo, a nadie exigía más que a él mismo. De sobra son conocidos su laborar incansable, su austeridad, las escasas horas dedicadas al descanso o el sueño, las intensas jornadas de estudio, los breves intervalos aprovechados para dejar en un artículo, carta familiar o amiga la riqueza y la profundidad revolucionaria de su pensamiento.
Estaba convencido de que la tarea del revolucionario no tenía fin, descanso ni tregua, que aquel que se preciara de serlo debía pagar su cuota cotidiana de heroísmo, de ese heroísmo “que no pide en un minuto la vida de los compañeros que deben defender la Revolución, sino que pide durante largas horas diarias a cada uno de nosotros que se esfuerce más para aumentar la producción, para aumentar nuestra conciencia revolucionaria”.
La vida del Che constituye en sí misma un llamado elocuente a las más puras reservas del hombre, de ahí la hondura de su mensaje, y su poderosa y humana vigencia. Para él, Cuba necesitaba cada día de que el pueblo incentivara su ingenio y concretara con urgencia cada idea para llevar adelante la Revolución y eso también es pensar como nación.
La valía y urgencia de su ejemplo, siempre imprescindible, hoy se agigantan. Él continúa siendo un aglutinador de nuestro pueblo, en momentos en que la máxima dirección del país ha llamado a enfrentar con resolución y firmeza las adversidades, a superarse, empeñarse, esforzarse y repasar cómo llevar adelante Cuba en estas condiciones, con la convicción de la victoria.
Octubre también nos recuerda la desaparición física de Camilo Cienfuegos, en esta ocasión a la distancia de 60 años. Tanto Che como Camilo representan héroes de profunda entraña popular; sus hazañas guerrilleras y profundas ideas revolucionarias, ejemplos de sencillez, modestia, amor a la humanidad, honestidad e inquebrantable fidelidad a los ideales constituyen valiosos modelos educativos para las jóvenes generaciones.
Cuando este 8 de octubre en los cuellos de más de 130 mil pioneros de toda Cuba se anude una pañoleta azul, día escogido especialmente cada año para este memorable acto de iniciación pioneril en la vida de los niños, se estará ratificando un compromiso que perdura ya por más de cinco décadas, de generación en generación, para tratar de imitar los excepcionales valores que el Che dejó con la impronta de su vida.
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