Dentro de los objetivos del joven líder revolucionario Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio para lograr en 1956 ser libres o mártires como se habían planteado, estaba la alianza de todas las fuerzas necesarias en el combate contra la tiranía batistiana y la salida hacia México en el mes de julio de 1955 de algunos de sus integrantes, -él como parte de ellos-, con vista a prepararse.
Un año antes José Antonio Echeverría había sido elegido como presidente de la FEU y, comprendiendo la crítica situación del país, asumía el sentido unitario de la lucha. Ya para entonces la Colina Universitaria era un hervidero revolucionario y el estudiantado activaba cada día más su fervor patriótico y sus manifestaciones contrarias al régimen. De ese movimiento estudiantil surgió después el Directorio Revolucionario, “una FEU para tiempo de guerra, su brazo armado…”
El propio José Antonio viajó a tierra azteca a encontrarse con Fidel. Hubo una primera reunión donde se analizó la situación de Cuba y los factores que contribuirían a la unidad, se redactó la Carta de México y se mecanografió, quedando lista después de muchas horas de reflexiones para ser firmada por ambos destacados líderes el 29 de agosto de 1956, pero Fidel orientó que no fuera publicada hasta el regreso seguro del dirigente estudiantil cubano René Anillo a su Patria.
Finalmente el primer día de septiembre de ese año vio la luz en la prensa cubana e internacional aquel memorable pacto de unidad, de un valioso y trascendente contenido ideológico, que declaraba el acuerdo conjunto a que habían arribado “los dos núcleos que agrupan sus filas (el Movimiento Revolucionario 26 de Julio y la Federación Estudiantil Universitaria), la nueva generación, que se ha ganado en el sacrificio y el combate las simpatías del pueblo cubano…”.
En él se establecía el compromiso de “servir a Cuba en un programa de justicia social, de libertad y democracia, de respeto a las leyes y de reconocimiento a la dignidad plena de todos los cubanos, sin odios mezquinos para nadie, y los que la dirigimos, dispuestos a poner por delante el sacrificio de nuestras vidas, en prenda de nuestras limpias intenciones”.
Este histórico pacto tuvo una extraordinaria importancia en el proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias que llevarían a cabo la etapa final y definitiva de la guerra de liberación en Cuba. Aunque no se logró dotar a ambas organizaciones de una misma estrategia y se convino en que cada una de manera independiente desarrollara sus planes de acción armada, sí quedó establecida una coordinación necesaria para la lucha y la unidad de la juventud cubana en cuanto al programa político, encaminado a la reivindicación de los derechos del pueblo.
La unidad de acción política de la juventud cubana estaba basada en el reconocimiento por parte de las dos organizaciones de la debilidad manifiesta en los politiqueros burgueses electoralistas y de la necesidad de empuñar las armas al fin de alcanzar la definitiva liberación del pueblo cubano e impulsar luego las transformaciones de carácter popular que la nación reclamaba.
La Carta de México, de extraordinaria significación para la Revolución firmada hace ya 63 años, fue un documento de fuerza y conciencia políticas, unitario, que no desconoció a ninguna de las organizaciones que enfrentaban a la tiranía y llamó a combatir a todos los revolucionarios; devino, por derecho propio, en declaración de guerra contra Batista y repercutió en el pueblo.
Faure Chomón, entonces dirigente del Directorio Revolucionario, calificó de "faro de unidad" a este texto y manifestó: "Al unirse los combatientes del Moncada, quienes se preparaban para reiniciar la guerra necesaria en la Sierra, con los que están en las manifestaciones, en el combate de calle, se está contribuyendo a fortalecer más la idea de que los elementos verdaderamente revolucionarios y de las organizaciones de vanguardia se incorporen a la lucha".
Como ratificación de la Carta de México, el Comandante Ernesto Che Guevara, en nombre del Movimiento 26 de Julio, y el propio Faure, por el Directorio, acordarían el primero de diciembre de 1958 en las lomas del Escambray -en el mismo centro de Cuba- el Pacto del Pedrero, en hermosa continuidad de ideas y de acción.