Como los servidores del régimen colonial español no cesaban de alardear que habían acabado con los insurrectos en La Habana, estos dieron inequívocas señales de vida. Así, en la noche del 16 de enero de 1897, casi a las puertas de La Habana, el regimiento comandado por Néstor Aranguren, uno de jefes más jóvenes de la Revolución, atacó y capturó el tren de viajeros que hacia el itinerario Regla a Guanabacoa. La hora escogida fue las 10 y 30 de la noche, al realizar este tren el último viaje entre ambos pueblos.
La riesgosa operación quedó consumada tal como se la había imaginado el animoso e intrépido coronel.
Interrumpida la marcha del tren mediante el descarrilamiento, Aranguren apresó a varios oficiales y soldados y dejó en libertad a las personas que viajaban como pasajeros. Además de los oficiales prisioneros, condujo en calidad de detenidos a un bodeguero, conocido delator y espía, y al segundo teniente Bernardo Barrios, cubano vendido a los opresores de su patria.
Néstor Aranguren era hombre riguroso en el cumplimiento de lo que juzgaba su deber, horas después, cerca del paradero de Minas, dispuso que fueran ahorcados el bodeguero y el cubano traidor, partieron y antes de llegar a Jaruco, Aranguren puso en libertad a los prisionero restantes. Este gesto arrancó palabras de honda admiración hacia el joven revolucionario.