
Hay facetas en la vida de los héroes y mártires de la Patria que son poco divulgadas y conocidas, pero no por ello dejan de ser conmovedoras y trascendentes. Tal es el caso del joven líder portuario Aracelio Iglesias Díaz, asesinado el 17 de octubre de 1948, quien procedía de una familia muy humilde pinareña y, sin tener apenas instrucción e inclinación hacia la cultura, hizo mucho por hacer avanzar en ese sentido a los obreros portuarios a los que dirigió.
Su lucha fue consagrada a la defensa de los derechos y el mejoramiento de la vida laboral de los trabajadores del sector y de ahí nació en él, como parte de un rasgo que fue también común a otros grandes líderes proletarios, la necesidad de instruir y preparar culturalmente a estos y sus familias, a fin de que estuvieran en mejores condiciones para emprender con solidez las urgentes batallas clasistas y revolucionarias que vivían y tendrían por delante.
Para Aracelio era vital la comprensión de los hombres sobre la necesidad de lograr mejoras permanentes en su labor cotidiana, defender sus derechos y enfrentarse a la explotación a la que estaban sometidos, por eso no escatimaba tiempo para hablar, explicar, convencer, movilizar, crear condiciones y facilitar medios para elevar su preparación.

Muchas fueron sus acciones en función de educar a los obreros portuarios, vincularlos a escuelas de superación, compulsarlos a participar en charlas y conversatorios, pero sobre todas las cosas, hacerlos comprender lo que significaba la Patria, la cubanía, los símbolos de la nación y la defensa de la dignidad de los cubanos.
Desde muy temprana edad y durante su corta vida se dedicó a educar en esos valores a los demás y pelear con fiereza por sus conquistas sindicales y laborales, en momentos en que los sentimientos independentistas, antianexionistas y revolucionarios eran firmemente defendidos en otros escenarios por amplios sectores de la sociedad cubana.
Quienes lo conocieron, alto, fuerte, de carácter admirable pero intransigente ante los explotadores, reconocen que entre sus grandes obras humanas estuvo la fundación de una escuela en el pueblo de Regla, que nombró Margarito Iglesias, en honor a otro destacado líder obrero de entonces.
A ese pueblo ultramarino de La Habana había arribado con solo 13 años al quedar huérfano y ser adoptado por otra familia. Allí desarrolló toda su fuerza adolescente y juvenil, se adueñó de las tradiciones y costumbres de ese lugar y se vinculó con el trabajo en el puerto, aunque también, como mucha gente pobre, realizó otras disímiles labores.
Cuentan sus compañeros más cercanos que gustaba de leer en sus pocos ratos libres y compartir después las enseñanzas de sus lecturas con quienes le rodeaban.
Entre sus obras literarias predilectas destacaban “Los miserables”, de Víctor Hugo, y “Oda al Niágara”, de José María Heredia.
Pronto su ejemplo y convocatoria crecieron. Laboraba duramente como bracero y compartía inquietudes con los obreros portuarios, junto a los cuales también sufrió la explotación y las penurias económicas de la sociedad cubana de la primera mitad del siglo XX, al estar en contacto con las duras condiciones de vida y de trabajo del sector obrero, hasta que en 1931 se integra al Partido Comunista.
Muchas fueron las responsabilidades que asumió en este sector, primero como Secretario de la Federación Obrera Marítima Local del Puerto de La Habana, donde logró importantes conquistas para los trabajadores, entre ellas el aumento de salario, el descanso retribuido y el establecimiento de las listas rotativas, lo cual daba oportunidad de trabajo para todos.
Más tarde asumió la Secretaría de Finanzas del Sindicato de Estibadores y Jornaleros, después su Secretaría General, hasta integrar el Comité Ejecutivo de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC).
Alcanzó gran prestigio, responsabilidad y autoridad entre sus compañeros, hizo de la solidaridad el fundamento necesario para una exitosa lucha revolucionaria, siendo este otro de los empeños educativos importantes que acometió con singular entrega y compromiso, logrando sistematizarlos con su sentido clasista revolucionario del líder innegable.
Fue asesinado con apenas 46 años de edad en la calle habanera de Oficios No. 259, cuando finalizaba una reunión sindical portuaria. A las seis de la mañana del siguiente día, desafiando todo tipo de represión, Lázaro Peña, el gran capitán de la nave de los trabajadores cubanos, se dirigió a los cientos de estibadores que se agruparon en el Muelle de Luz y les expresó:
“Compañeros, acaba de morir Aracelio Iglesias, ustedes sabían lo que significó Aracelio para ustedes y para todos los portuarios del país, hace falta mantener su obra, divulgarla... Hace falta que mientras su cadáver esté insepulto no se mueva un solo bulto, que no suene ni un güinche, ni una grúa, y que ustedes marchen en manifestación cerrada, a rendirle homenaje de respeto y consideración a quien dio su vida por esta causa que es de ustedes”.