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Alicia Alonso detiene el tiempo |
| Publicado: 2019.10.18 - 08:46:39 / web@renciclopedia.icrt.cu / Lázaro Sarmiento Sánchez |
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Alicia Alonso logró el sueño secreto de la mayoría de los terrícolas: detener el tiempo. Es el privilegio que tienen los seres como ella. La luminosa vida que dejó de respirar este jueves en un hospital de La Habana ya no era suya desde hacía muchos años. Es una vida que pertenece a la leyenda.
Al final de la década del setenta, en el antiguo Teatro García Lorca de La Habana, en uno de las salidas de fin de semana del Servicio Militar, la vi bailar por primera vez. Esa noche aplaudí su adagio de El Lago de los Cisnes con el deslumbramiento de quien asiste a la revelación de un misterio, a la escenificación de un acto de fundación. Aplaudí hasta que las palmas de mis manos enrojecieron.
No solo era la primera vez que veía bailar a Alicia Alonso. Era la primera vez que disfrutaba de un ballet. Era la primera vez que regresaba a mi casa con un entusiasmo nuevo por descubrir paisajes y abrir puertas.
Ella había convertido unos pocos minutos en el escenario en un poderoso símbolo artístico que lanzaba a nuestra época un mensaje de poesía y amor. En los años que siguieron a aquella función volví a verla en varias presentaciones. Siempre decían que podía ser su última actuación en determinado personaje o ballet.
Yo me preguntaba siempre ¿en qué lugar de su cuerpo guarda los códigos de su ingrávida Giselle, la electricidad de Carmen o el ondular natural y misterioso de su cisne de amor?
Hasta que comprendí que mejor que hacerme preguntas era dejar que la emoción me abrazara.
Cuando parecía que en la Tierra quedaban pocas reinas como las que habitan los cuentos de “Había una vez”, Alicia desafió los pronósticos y se negó a abdicar. El personaje de Cicerón en la novela Los idus de marzo, expresa: “Yo sostengo que cada persona tiene una edad hacia la cual apunta toda la vida como la aguja imantada apunta al Norte.”
La aguja imantada de Alicia apuntaba hacia la eternidad.
Para el libro Diálogos con la danza le preguntaron ¿Qué le pide usted a la vida?
“Doscientos años. Y espero que la ciencia avance bastante rápido y que algunos tipos en vez de hacer bombas y otras armas de destrucción o de promover su desarrollo desenfrenado, cuiden más del ser humano, hagan más por su bienestar”.
Nos acostumbramos a ser cómplices de su sueño. Llegué a imaginar que tal vez un día despertaríamos con la noticia de que Alicia había desembarcado en la Luna al frente de sus huestes porque la ubicuidad era otro de sus secretos.
Presencié por televisión uno de los últimos homenajes que le tributaron en Cuba. La escoltaban en el escenario jóvenes bailarines.
El teatro se estremecía. Ella con un ramo de flores en los brazos sonrió, feliz. Pensé que le sonría a un planeta oculto, a un lugar del universo donde no existen las cronologías y los ballets no tienen final. Alicia agradecía el fervor de los espectadores con un saludo que era una coreografía mágica, de una humildad radiante. En ese momento yo hubiera querido ser un mago poderoso, para entregarle una porción del Tiempo tan grande como sus sueños.
La primera vez que vi bailar a Alicia Alonso disfruté de un ballet y aprendí una lección. Aquella noche el aleteo de un cisne de amor me enseñó que el mundo pertenece a los que no se cansan y que el corazón de una mujer transformada en ave puede detener el tiempo.
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