Después de la acción armada del 26 de Julio con el asalto al Cuartel Moncada, el indiscutible líder revolucionario Fidel Castro tuvo que vencer durante diez semanas un largo trecho de maquinaciones criminales del dictador Fulgencio Batista, antes de convertirse en acusador durante su autodefensa, que ha trascendido hasta nuestros días con su conocida frase final: La Historia me Absolverá.
Seis décadas y media han transcurrido desde aquel viernes 16 de octubre de 1953, cuando el joven abogado en su propia defensa denunciaba los alevosos crímenes cometidos contra sus compañeros de lucha, apresados el día del asalto y en las jornadas sucesivas, así como explicaba el por qué del Moncada.
Su discurso fue pronunciado ante pocas personas durante una sesión de la vista del juicio de la Causa 37, en apenas una pequeña sala del hospital santiaguero, con una fuerte censura de prensa y enfrentando todo tipo de irregularidades, porque la tiranía quería evitar así su conocimiento por el pueblo y su trascendencia.
Aunque en aquel momento fue silenciado este contundente alegato, que fijaba el rumbo de la Revolución y daba continuidad a las ideas de Martí para no dejarlo morir en el año de su centenario, nada pudo impedir que se convirtiera en el fundamento programático de la batalla ideológica que, al unísono, debía librarse “para atraer la acción del pueblo; esencia medular de su proyecto revolucionario”.
Una vez que fue confinado al mal llamado Presidio Modelo, en la entonces conocida como Isla de Pinos, Fidel reconstruye el documento jurídico con profundo contenido político y le da la misión a las destacadas combatientes Haydée Santamaría y Melba Hernández de reproducirlo, lo cual se concretó con el aporte de las masas, para lograr su impresión y distribuirlo de forma clandestina por todo el país, hasta en los lugares más apartados.
A ellas le explicó el jefe del movimiento revolucionario de manera convincente: “Si queremos que los hombres nos sigan hay que enseñarles el camino y una meta digna de cualquier sacrificio. Lo que fue sedimentado con sangre debe ser edificado con ideas”.
Sin lugar a dudas, este constituyó el Programa Político del Movimiento 26 de Julio (conocido también como Programa del Moncada) para dar solución a los problemas existentes en el país, fundamentalmente referidos a la tierra, la industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud, entre otros males.
Aquel importante combate resumido en un programa político y de acción tuvo el respaldo y efecto esperados, al lograr aglutinar al pueblo y organizarlo en células clandestinas, desde donde más tarde emergerían los 82 expedicionarios que surcaron las aguas en el Granma rumbo a la ansiada libertad de la Patria cubana.
Su contenido ha servido como una eficaz arma de lucha y valiosa herencia de principios, de intransigencia y de profundas convicciones, cuya excepcional vigencia la adquiere en las actuales circunstancias, porque anida en el espíritu combativo del pueblo y su extraordinaria resistencia frente a las agresiones políticas, económicas, diplomáticas y mediáticas que se empeñan en destruir la Revolución.
Por eso no es ocioso insistir, sobre todo a las nuevas generaciones, sobre la necesidad de estudiar a fondo su valiente contenido, analizar su alcance y aquilatar el legado de firmeza, lucha y compromiso que se deriva de cada una de las letras de ese Programa, profundamente revolucionario.
La Constitución de la República, que nuestro pueblo ha venido discutiendo, encierra en sí misma una enorme importancia en la concreción del sistema político cubano, donde el poder reside en el pueblo, entendido por tal, conforme a la concepción marxista y a lo expresado por Fidel en La Historia me Absolverá, el pueblo trabajador, las clases sociales activas y progresistas que se desenvuelven en el seno de la sociedad cubana.