

Los caídos durante el ataque aéreo sorpresivo a los aeropuertos cubanos serían sepultados al día siguiente, el 16 de abril de 1961, un domingo muy triste, con poco sol, que reunió a una gran multitud a lo largo de toda la céntrica calle 23 del Vedado, por donde transitó el cortejo fúnebre.
Nadie quiso quedarse en casa y acudieron a darles el último adiós a los combatientes muertos en el cumplimiento de su deber, en su mayoría jóvenes como Eduardo García Delgado, artillero que solo contaba con 27 años de edad.
Los restos mortales de Carlos Manuel Loyarte López, Juan Valdés López, Adalberto Vidal Valdés, Donatilo Arencibia, Luis Valdés Rodríguez y Reinerio Vasallo, junto a los de Eduardo, recibían el homenaje sentido del pueblo desde el propio día 15, cuando fueron velados en la histórica Universidad de La Habana, sus restos cubiertos con la enseña nacional y escoltados por combatientes que realizaron sus guardias de honor y acompañaron a sus familiares durante toda aquella larga noche.
Por allí desfiló todo el pueblo: estudiantes, trabajadores, campesinos, quienes se turnaron para custodiar sus escuelas y centros de labor ante la inminencia de una agresión militar norteamericana.
Cerca de las diez y treinta de la mañana, sobre los hombros milicianos, fueron sacadas las urnas mortuorias y depositadas en los carros colmados de flores.
Desde el amanecer, en los balcones de los edificios ubicados en esa calle, a ambos lados, ondeaba la bandera cubana y se lanzaban flores al paso de los siete coches con los féretros que avanzaban con solemnidad, custodiados por centenares de milicianos, combatientes y pueblo en general. Era impactante el silencio y la conmoción en medio de la indignación ante el abominable crimen.
Una masa inabarcable de pueblo los acompañó hasta el Cementerio de Colón en la capital y fueron llevados hasta el panteón con las notas del Himno Nacional y las consignas revolucionarias salidas de las gargantas de decenas de miles de capitalinos.

En la céntrica esquina de 23 y 12 se improvisó una tribuna. Allí, en una de esas horas que marcan siglos de historia, la voz del Jefe de la Revolución, del invicto Comandante el Jefe Fidel Castro, se alzó como desde lo alto de una ola en marcha, para exclamar:
“… compañeros obreros y campesinos, esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes. Y por esta revolución… estamos dispuestos a dar la vida”.
Y agregaba: “… lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es que estemos aquí, lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica, el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo de Cuba… ¡y que hayamos hecho una Revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos!...”
Allí, aquel glorioso día, con los fusiles y la dignidad en alto, la masa de revolucionarios cubanos como un mar verde y azul embravecido dio un rotundo Sí por la Revolución y el Socialismo, junto al juramento de defenderlos al costo de cualquier sacrificio, incluso de la vida, enarbolando una vez más y para siempre la heroica consigna de ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!, seguida de las gloriosas notas del Himno Nacional.