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Un crimen que está aún sin castigo |
| Publicado: 2019.10.06 - 06:42:29 / web@renciclopedia.icrt.cu / Ana Rosa Perdomo Sangermés |
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Hay fechas recordadas con dolor en la memoria de los pueblos y que a su vez simbolizan días de unidad eterna, porque la sangre de los buenos e inocentes coloreó de rojo el azul del mar y llenó de indignación el sentimiento de sus hermanos.
Era el 6 de octubre de 1976. Una bomba… otra bomba, y el crimen inundó de luto a 57 familias cubanas, 5 norkoreanas y 11 guyanesas. Se perdían en pocos minutos 73 preciosas vidas, ninguna de las cuales siquiera conocía a sus verdugos.
No porque hayan pasado 43 años de aquel horrendo crimen en una aeronave de Cubana de Aviación se piensa menos en las vidas cegadas por el terrorismo y en la justicia tantas veces reclamada.
Esta fue, sin dudas, una de las páginas más tristes en la historia de la Revolución. Los cubanos que perdieron la vida ese día en su mayoría eran jóvenes cargados de sueños y esperanzas. Dentro de ellos estaban los 24 integrantes del premiado Equipo Juvenil de Esgrima, cuyos integrantes no sobrepasaban los 17 años de edad y habían ganado la totalidad de las medallas de oro en las competencias regionales; dos tripulaciones de Cubana de Aviación y trabajadores del entonces Instituto de la Pesca. Hijos amorosos, padres dedicados, hermanos queridos.
Ya desde las horas posteriores al sabotaje se comenzaron a conocer detalles que apuntaban con toda certeza a la mano siniestra del imperialismo yanqui, enfrascado en derrotar a toda costa la Revolución Socialista, que mostraba cada día al mundo el valor de ser libres y la dignidad que solo la soberanía plena otorga a los pueblos.
Una tras otra, las pruebas irrefutables dejaron al descubierto a los asesinos, entrenados y pagados por la CIA, que sumaba así un nuevo crimen a su historial agresivo y terrorista. Poco a poco se supo en detalles cómo se urdió el plan para derribar el avión en pleno vuelo y el nivel de implicación e impunidad de sus ejecutores y de su principal autor, el connotado terrorista Luis Posada Carriles, todos asesinos confesos.
Aún faltaban pocas horas para que el toque de silencio anunciara el inicio de la velada de despedida del duelo aquel 15 de octubre, nueve días después del horrendo sabotaje, cuando apenas se habían podido rescatar algunos restos humanos en el mar.
En la inmensa multitud, calculada en más de un millón de personas, los habaneros se apretaban codo con codo para poder avanzar y asegurar solo un lugar en la inmensa Plaza de la Revolución, que tantas veces acogiera grandes concentraciones del pueblo, y que ese día fue demasiado pequeña para todos los que acudieron a rendir el postrer homenaje a los caídos y brindar una renovada promesa de ser más revolucionarios e internacionalistas.
Después de escuchar al Comandante en Jefe Fidel Castro, de oír vibrar su voz de emoción y firmeza, se comprendió una vez más que el pueblo no se equivoca. En un momento de su discurso señalaba: “Frente a la cobardía de crímenes semejantes, el pueblo se enardece, y cada hombre y mujer se convierte en un soldado fervoroso y heroico dispuesto a morir”.
Otra vez la Plaza se convertía en escuela, en ese espacio sublime cargado de Revolución donde aprendieron los atletas cuyas vidas fueron segadas, los heroicos pilotos, la hermosa carga humana del avión DC-8 CU-455; una escuela donde se aprendió que el dolor se vive colectivo y se llora por los hijos de otros como si fueran propios; una escuela que enseñó a los niños a no llorar la pérdida de sus padres sino a comprometerse, a ser mejores estudiantes, trabajadores y soldados, y seguir sus ejemplos.
La misma escuela mambisa que enseñó a las madres a preparar y formar más hijos y entregárselos a la Patria, como aquella inolvidable Mariana…
A las víctimas de aquella horrenda barbarie del imperio, la Patria los contempla orgullosa; viven por siempre en el corazón del pueblo cubano que sigue siendo heroico y viril y continúa haciendo temblar la injusticia para que crímenes como este no queden nunca impunes ni en el olvido. En su honor, desde el año 2010 el Consejo de Estado de Cuba aprobó el Decreto-Ley que decide declarar oficialmente el 6 de octubre de cada año, como Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado.
Después de más de cuatro décadas del crimen de Barbados, es la hora, en la actual situación que vive Cuba, de pensar más unidos como país y saber qué otro compromiso callado, desde lo interno, podía hacer cada cubano para estar a la altura del heroísmo demostrado en diferentes etapas históricas, recordando siempre que la respuesta está en aquellas palabras trascendentes de José Martí: “Mi deber, mientras me queden pies, el deber de todos nosotros, mientras nos queden pies, es ponernos de pie y decir: ¡PRESENTES!”
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