
Dicen que ha muerto un inmortal: el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, una de las voces más relevantes de las letras hispanoamericanas. La noticia llega y no la creo, o mejor, no la quiero creer, porque a las personas que uno ama las imagina vivas para siempre, y el autor de Calibán es de esa estirpe.
El querido Retamar contaba con 89 años y resultaba un entrañable ser para todos los que lo conocían, parecía un Quijote, no solo por su figura, sino también por su accionar. En un mundo tan fluctuante de máscaras y fachadas, él mantuvo una postura coherente –durante más de medio siglo–, con atinados análisis y un fidedigno pensamiento social crítico latinoamericano y caribeño.
Su legado es una mezcla de rigurosidad ensayística y sutileza literaria que da como resultado un pensamiento excelso, en donde lo sublime es lo que realmente da paso a los procesos transformadores.
Fue un ferviente martiano y un leal discípulo de la prédica del Héroe Nacional de Cuba, su acercamiento a este vasto caudal –al que consideraba como piedra angular de la nación–, le llevó a la realización de casi un centenar de ensayos medulares para la comprensión de la identificación que existe entre José Martí y la Revolución Cubana.
Su legado como maestro, en el sentido más alto del término, es extraordinario, no solo por el valor de la obra literaria que nos deja y en la que siempre vivirá, sino también por su coherencia ética, por su fidelidad a los más altos valores de la cultura cubana y latinoamericana, por su sensibilidad e inteligencia, por su bondad y vocación de servicio.
El intelectual Ambrosio Fornet –quien también forma parte de la generación del 50–, reconoce que Retamar nos legó: “No pocos de los conceptos, las imágenes, los argumentos, la cosmovisión que predominó en nuestra actividad crítica durante los tiempos fundacionales de la Revolución fueron surgiendo o reconfigurándose, a la sombra de su poesía y su prosa, gracias a la desafiante propuesta que Retamar fue instaurando en el espacio cultural cubano de esos años”.
Según Miguel Barnet, Retamar “ha sido un paradigma, tanto en el ensayo, como en la poesía”, en tanto “su conducta ética es y será ejemplo a seguir”. Daniel Viglietti lo considera un trabajador incansable, con su pluma como brújula para todos, y Reynaldo González asegura que él siempre fue “el poeta que razonaba tanto como soñaba”.
Abel Prieto, uno de sus tantos alumnos en la Facultad de Letras de la Universidad de La Habana, manifiesta que a través de sus clases muchos “llegamos a Martí, al Che, a una visión entrelazada, liberadora, de la poesía y de la historia, y a través de tu obra fuimos más allá por esos caminos y por otros”.
Por su parte, Graziella Pogolotti, manifestó que, “cuando nos rodean tantas incertidumbres, creo que su obra resulta más necesaria que nunca en la íntima dimensión de su poesía, en su relectura de Martí, en su modo de centrar la perspectiva en el lado de acá del planeta”.
Con su ensayo Calibán, de 1971, removió las bases teóricas y críticas del pensamiento latinoamericano y caribeño, pues el autor nos llama a una relectura de historia desde el punto de vista “del explotado (…) del siervo”, en su indagación nos revela quiénes somos y nos entronca orgánicamente en un espacio geográfico y cultural al que estamos ligados indisolublemente.
Por su parte su obra lírica ha sido descrita como de “pensador en versos”, pues el añade al sistema anecdótico de la generación del 50 –los coloquialistas– el profundo, pero sutil, manto de la reflexión.
Numerosos han sido los proyectos en los que estuvo vinculado y su figura ha presidido desde 1986 hasta su deceso, la magna obra de Casa de las Américas; también ha sido director desde 1965 –casi sin interrupción– de la revista Casa.
Es ya mítica su vinculación al grupo Orígenes y ha alternado su labor pedagógica en la Universidad de La Habana con la escritura de ensayos que se adentran en la crítica literaria o nuestra identidad latinoamericana, esa doble cualidad ha permitido ser formador de múltiples generaciones de intelectuales que reconocen en él un ejemplo de modestia, sacrificio y entrega.
En 1954 se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana y profundizó sus estudios en La Sorbona y en la Universidad de Londres, a través de una beca.
Con más de 50 años de pertenencia a la Universidad de La Habana, fue figura medular en la educación y la cultura cubanas. Su labor docente tuvo una significativa huella en las aulas con importantes textos como La poesía contemporánea en Cuba, Introducción a José Martí y Para el perfil definitivo del hombre.
El Doctor en Ciencias Filológicas Roberto Fernández Retamar fue Profesor de Mérito de las universidades de La Habana y Yale, e Investigador Titular de la Universidad de La Habana. También ejerció como Profesor Honorario de la Universidad de San Marcos, en Perú, y fue distinguido con el Honoris Causa de las universidades de Sofía y Buenos Aires.
Prologó y compiló obras de significativos autores cubanos y latinoamericanos como José Martí, Juan Marinello, Mario Benedetti, César Vallejo y Jorge Luis Borges.
Recibió numerosos homenajes nacionales e internacionales por su excepcional trayectoria. Fue merecedor de importantes distinciones y condecoraciones como la Orden Félix Varela de Primer Grado, la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez y la Medalla Alejo Carpentier, entre otras.
Fue Premio Nacional de Literatura de Cuba desde 1989, Premio de la Latinidad, Premio ALBA de las Letras, grado de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras en Francia, Orden del Libertador en Venezuela y la condición de Puterbaugh Fellow en los Estados Unidos, entre otros galardones.
La X Feria del Libro de La Habana 2001 estuvo dedicada al afamado escritor y ensayista, y en el 2007 se celebraron, en homenaje suyo, las Segundas Jornadas Internacionales de Poesía Latinoamericana en Puebla, México.
Además fue director del Centro de Estudios Martianos entre 1977 y 1986. Fue presidente de la Academia Cubana de la Lengua desde 2008 al 2012 y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Fue presidente del Consejo Asesor de la Oficina del Programa Martiano, Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Consejo de Estado.
La vida y obra de Roberto Fernández Retamar es símbolo del más genuino intelectual revolucionario; su vastísima obra constituye un importante legado para la cultura hispanoamericana, por eso, su vida no termina con su muerte física, porque su obra es imperecedera, ya que es una epifanía de sabiduría como diría Karl Marx: “un asalto al cielo”.
No perdamos de vista ese corpus literario que nos habla del ayer, del hoy, del futuro, porque Rematar aportó a la construcción de la alegría, la hermosura y la verdad, porque asistió a la luz primigenia y, por eso, hoy forma parte del presente y será parte del futuro por siempre jamás.
Felices los normales
A Antonia Eiriz
Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
Con las mismas manos
Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.
Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
Pero los hombres y los muchachos que, en sus harapos esperaban
Todavía me dijeron señor.
Están en un caserón a medio derruir,
Con unos cuantos catres y palos: allí pasan las noches
Ahora, en vez de dormir bajo los puentes o en los portales.
Uno sabe leer, y lo mandaron a buscar cuando
supieron que yo tenía biblioteca.
(Es alto, luminoso, y usa una barbita en el insolente rostro mulato.)
Pasé por el que será el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
Y me eché a aprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
Luego tuve mi primera pala y tomé el agua silvestre de los trabajadores,
Y, fatigado, pensé en ti, en aquella vez
Que estuviste recogiendo una cosecha hasta que la vista se te nublaba
Como ahora a mí,
¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas,
Amor, qué lejos -como uno de otro!
La conversación y el almuerzo
Fueron merecidos, y la amistad del pastor
Hasta hubo una pareja de enamorados
Que se ruborizaban cuando los señalábamos, riendo,
Fumando, después del café.
No hay momento
En que no piense en ti.
Hoy quizás más,
Y mientras ayude a construir esta escuela
Con las mismas manos de acariciarte.
El otro
Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
Sus huesos quedando en los míos,
Los ojos que le arrancaron, viendo
Por la mirada de mi cara,
Y la mano que no es su mano,
Que no es ya tampoco la mía,
Escribiendo palabras rotas
Donde él no está, en la sobrevida?
1 de Enero de 1959
Qué son las islas
Esto tienen de bueno los poetas,
Que han dicho lo que uno quería decir.
¿Dé que otra manera comunicarle lo que sintió
Al ver desde el aire los islotes verdes desparramados por el mar,
y cuando ya en el barco contempló a lo lejos el borde agreste
de la isla,
Sino como ya lo escribió la poeta:
¿Qué son las islas si no estás tú?
Eso es lo que gritó al aire luminoso de la tarde
Y lo que musitó después en la atormentada noche,
Añadiendo un nombre que en la cabina sonaba extraño
Como una flor de otro planeta.
¿Y podrá creer que la playa maravillosa,
Con su cadera de oro mordida por un ávido mar,
y la planicie del centro echada como un manto
No han podido ser gran cosa no estando ella,
Que ha dejado despoblada y silenciosa
Esa ciudad, ojo de la violencia, que ella hechizara
Marcando los lugares de encuentros y despedidas
Con una nostalgia como una cicatriz?
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