
Para ocupar el lugar y correr los riesgos que le correspondían como jefe de la Revolución entonces, José Martí arribó a las costas cubanas el 11 de abril de 1895. Apenas a un mes de su desembarco por Playita de Cajobabo, el 19 de mayo de ese año ocurrió la tragedia de Dos Ríos.
Todo sucedió en pocos segundos, cuando su cuerpo fue impactado por disparos provenientes de varias direcciones en medio del combate. Dolorosamente una de las balas le atravesó la lengua, su verbo, su arma; otra, su gran corazón, ocasionando en todos los que lo conocían y querían “un desgarramiento irrevocable”, al decir de Cintio Vitier.
El Delegado del Partido Revolucionario Cubano cayó “de cara al sol” en su bautismo de fuego. Acaso no haya en toda la historia cubana revés comparable a este, por la pérdida del extraordinario patriota y por las tareas complejas y difíciles que quedaban por delante.

En Dos Ríos perdió el pueblo cubano a su máximo dirigente e ideólogo. El propio Martí había dicho: “Culminan las montañas en pico y los pueblos en hombres”; y él era precisamente ese hombre en que se resumían entonces las más puras aspiraciones, los anhelos más profundos y los más apremiantes deberes del pueblo cubano. Él simbolizaba el futuro de Cuba y las esperanzas de Latinoamérica.
Martí fue el guía extraordinario que señaló al pueblo cubano el camino y los fines de la Revolución, que entrañaban una significación no sólo local sino continental, como dejó expresado en el Manifiesto de Montecristi y en su carta no terminada al mexicano Manuel Mercado un día antes de su muerte.
Era aquel un momento histórico crucial. El siglo XIX casi tocaba a su fin y el imperialismo norteamericano, dispuesto ya a extender sus dominios en América Latina y Asia, esperaba su hora de rapiña a las puertas de Cuba, en la cual los guerreros mambises obligaban a la metrópoli española a librar el último combate colonial.
Su muerte prematura cerró la última etapa de su vida, la más fecunda para la Patria, porque en ella logró la creación del Partido Revolucionario Cubano y dirigió la preparación y el estallido de la guerra.

Cayó cuando más necesaria era su presencia, garantía de la unidad e intransigencia del movimiento revolucionario cubano en la conquista de sus altos objetivos, sin mengua de ninguna clase; cuando más vital era su inmensa autoridad política para cerrar el paso a los planes yanquis y a los seudorrevolucionarios que habrían de tenderle luego los puentes al imperio para que se apoderara de Cuba.
Significó en aquel momento una pérdida irreparable para la Revolución como reconociera al final de la guerra el Generalísimo Máximo Gómez. Se ha afirmado que Dos Ríos fue “siembra de historia”, y fue así porque Martí dejó a sus sucesores, como legado y mandato de la obra que a ellos tocaba materializar y del destino histórico que habían de conquistar, el deber para con su ejemplo y un precioso arsenal político e ideológico.
Su obra quedó sin terminar por él, pero el ejemplo, las ideas y el camino trazado por Martí continuaron vivos en el corazón del pueblo, como aliento sin descanso al patriotismo y al honor de varias generaciones de cubanos, y como simiente segura de la victoria.
A 124 años de la caída en combate de Martí, no hay monumento más alto a su recuerdo ni flor más viva sobre su tumba, que el homenaje que rinden cada día los cubanos con el fortalecimiento de su Revolución victoriosa, que ha hecho realidad sus más hondas aspiraciones y se inspira en su legado patriótico y latinoamericanista, y con su firmeza irrenunciable ante el mismo poderoso enemigo.
El 19 de mayo de 1977 el Comandante en Jefe Fidel Castro y Armando Hart Dávalos, entonces Ministro de Cultura, firmaron un decreto para la creación del Centro de Estudios Martianos, que ha cumplido el propósito del estudio y salvaguarda del legado martiano. También por estos días de mayo, pero hace 66 años, fue colocado por el pueblo martiano un busto del Apóstol en lo más alto de la Patria, el Pico Turquino, que en su base resume uno de sus más extraordinarios pensamientos: “Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad”.