
Las fuerzas rebeldes comandadas por Fidel Castro atacaron victoriosamente el cuartel del Uvero el 28 de mayo de 1957, en la costa sur de la Sierra Maestra, acción que marcó una nueva etapa en la lucha revolucionaria.
El combate ocurría casi seis meses después del desembarco del yate Granma por Las Coloradas y luego que fueron quedando atrás las penurias iniciales: el revés de Alegría de Pío, la dispersión de las fuerzas que llegaron en la pequeña embarcación con 82 hombres, los días en que sólo pudieron reunir siete fusiles…


La permanencia de la guerra en la Sierra promovía la revitalización de la resistencia en el llano y el combate del Uvero contribuía a demostrar cuál era la verdadera estrategia del triunfo. Allí estuvo presente la solidaridad revolucionaria que inspiró la toma de aquel recinto militar situado en el ángulo de un vallecito, con el mar a la espalda, y rodeado de bolos de madera que servían de trincheras a los soldados enemigos, y que junto a los arrecifes y montes cercanos lo convertían en una fortaleza.
Destacaba nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro años más tarde que aquel sentimiento de solidaridad, aquel deseo de ayudar a aquellos cubanos que habían desembarcado días antes desde el yate Corynthia, fue lo esencial en esa acción, que sacudió el país para atraer la atención del ejército de la tiranía.
El combate se extendió aproximadamente tres horas, comenzando a las cinco de la mañana. “Fue un ataque por sorpresa, el primero en gran escala que librábamos contra las fuerzas del régimen de Batista”, según valoraba tiempo después el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque.

Con su fusil de mira telescópica, Fidel hizo el primer disparo y se inició entonces el avance de los pelotones comandados por Raúl Castro, Juan Almeida y Guillermo García, mientras que los hombres encabezados por Efigenio Ameijeiras y Camilo Cienfuegos cubrían los flancos.
A cada instante, el combate cobraba un ritmo vertiginoso y avasallador. Fue tenaz la resistencia de los 53 soldados que ocupaban el cuartel y las trincheras. Raúl Castro en varias ocasiones valoró de muy importante la acción, pues Fidel utilizó allí todos los miembros de sus fuerzas, todo el mundo peleó, incluso Celia Sánchez llegó a convertirse en un soldado de línea y disparó su arma incansablemente.
En sus narraciones de ese hecho, el Comandante Ernesto Che Guevara reconocía que la acción de dos capitanes, Juan Almeida y Guillermo García, fue la que decidió el combate, pues cada uno de ellos liquidó la posta asignada y permitió el asalto final al cuartel.
En el combate, los rebeldes sufrieron 15 bajas, dentro de ellas 7 muertos. Entre los heridos estaba el entonces capitán Juan Almeida. El enemigo tuvo, por su parte, 11 muertos y 19 heridos, así como otros 16 resultaron prisioneros.
Desde el punto de vista táctico, la batalla por casi tres horas contra esa importante posición del enemigo representó para el Ejército Rebelde la oportunidad de arrebatarle numerosas armas y parque al enemigo.
Fueron ocupadas 46 armas largas, pistolas, revólveres y miles de balas. “Capturamos en esa ocasión -expresó Raúl- armas que nos permitieron dotar a casi dos columnas, aunque no estaban muy bien armadas”.
Resultó un combate que cubrió de gloria a la Revolución, no solo por la audacia y la bravura demostradas por los combatientes rebeldes, sino también por su caballerosidad, por el profundo sentimiento humano de sus acciones, cualidades estas que les acompañaron en cada uno de los combates hasta la victoria final y cuyo ejemplo llega hasta el presente.
El combate del Uvero fue, por su significación y trascendencia desde el punto de vista militar, político y estratégico, uno de los hechos más importantes de la historia de la lucha guerrillera librada por el Ejército Rebelde.
Su victoria, altamente costosa en vidas, simbolizó el comienzo de una nueva etapa y la consolidación de la guerrilla. Influyó decisivamente en la profundización de la conciencia de lucha de las fuerzas rebeldes, demostró que se podía infligir una seria derrota militar al régimen batistiano, puso de relieve la fuerza de la moral revolucionaria, convirtió en seguridad la posibilidad del triunfo y enseñó sobre todo, como expresara Fidel, “que habíamos aprendido a hacer la Revolución”.