El gran escritor y novelista Cirilo Villaverde de la Paz dedicó diez años de su vida a exponer todo su talento y sensibilidad en letra impresa, dando a conocer a sus lectores una Cuba diferente, fiel reflejo del siglo XIX; la Cuba con sus hombres y mujeres, con sus riquezas y pobrezas. Una Cuba no española sino muy cubana, con esa mezcla maravillosa de razas y costumbres.
Durante esa década escribió un total de 28 obras literarias reconocidas en forma de libros y un total de 107 artículos que publicó en la prensa escrita diaria y en variadas revistas.
Tanta creatividad fue interrumpida el 20 de Octubre de 1848, cuando es abortada la conspiración La Mina de la Rosa Cubana en la que estaba involucrado, pues la Revolución era su sentimiento más profundo, como expresión concreta y legítima del nuevo pensamiento de ese cubano que comenzaba a pensar como tal.
Por sus ideas fue sentenciado a la pena de muerte y luego conmutada esta condena por diez años de prisión, de la que escapa espectacularmente en abril de 1849. Obligado a huir de su Cuba natal, se refugia en la ciudad de Nueva York, exilio que duró el resto de su vida, interrumpido la primera vez, nueve años después, cuando se acoge a una amnistía ofrecida por el gobierno colonial para tratar de lavar su imagen ante el país.
Regresa a la Habana a donde llega en 1858 pero el ambiente en la nación está enrarecido y encuentra hostilidad a su persona producto de sus ideas separatistas y luego de intentar establecerse en el país, donde incluso adquiere la imprenta La Antilla y edita la revista La Habana, se ve obligado a cerrar las mismas en 1860 y marchar nuevamente al exilio.
Se radicó igualmente en Nueva York y se entrega por completo a la Revolución cubana, cuestión esta que había hecho en su primer exilio cuando fue el secretario personal de Narciso López. Esta vez al lado de la Revolución de Carlos Manuel de Céspedes, con quien establece correspondencia en 1869, dando su opinión de cómo se veía el proceso emancipatorio desde esa ciudad. Finalmente, luego de concluida la contienda bélica, logra visitar Cuba en 1888, pero sólo por dos semanas.
Su estancia en Estados Unidos lo llevó al periodismo y al magisterio con lo que se ganaba la vida, pero sus artículos de esta etapa fueron pocos y más bien de corte político y patrióticos. No obstante, es en el exilio donde termina su obra cumbre: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, la cual publica en su versión final en 1879, novela que había comenzado a escribir cuarenta años antes y que seguirá ocupando un lugar fundacional en la novelística cubana de todos los tiempos.



Aunque Villaverde escribió muchas obras de ficción, convirtiéndose en uno de los pioneros del género novelístico en nuestro país, es con Cecilia Valdés que logra su absoluta consagración, incluso dentro de la literatura latinoamericana y demuestra ser un analista y descriptor al nivel de los detalles más precisos, superando a muchos escritores de su época.
Del resto de su producción literaria merecen ser recordados Dos amores y El penitente, así como las novelas y cuentos La cruz negra, La tejedora de sombreros de Yarci y El ciego y su perro, de fondo autobiográfico.
Los recuerdos de su niñez en el ingenio Santiago, muy cerca del pueblo de San Diego de Núñez, en Pinar del Río, presididos por la tragedia de los esclavos de las plantaciones de caña, lo llevarían a incorporar a su obra el problema negro y las costumbres del campo cubano en aquella época, aproximándose, como ningún escritor de su tiempo, a las esencias de la idiosincrasia del cubano.
José Martí destacó la trascendencia de la labor creativa de Cirilo Villaverde en un trabajo que publicó en Nueva York, en el periódico Patria, el 30 de octubre de 1894.
Siete días antes, el día 23, había ocurrido el fallecimiento del gran escritor cubano y en ese trabajo Martí enfatizó en sus cualidades humanas y patrióticas: “De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil ha entrado en la muerte, que para él ha de ser el premio merecido, el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela”.
Lo calificó como alguien meritorio y fogoso, digno de verdadera admiración, y patentizó que aunque vivió durante bastante tiempo lejos de su tierra natal, su vida y su obra permanecieron siempre en Cuba.
“Ha muerto tranquilo, al pie del estante de las obras puras que escribió, con su compañera cariñosa al pie, que jamás le desamó la patria que él amaba, y con el inefable gozo de no hallar en su conciencia, a la hora de la claridad, el remordimiento de haber ayudado, con la mentira de la palabra ni el delito del acto, a perpetuar en su país el régimen inextinguible que lo degrada y ahoga”.