Los jóvenes cubanos cumplen con la defensa de la Patria como una de sus misiones más importantes, sobre todo en la salvaguarda de los logros de la Revolución. Durante casi seis décadas varias generaciones de ellos han cumplido honrosamente su deber frente al enemigo imperialista, instalado en la Base Naval de Guantánamo.
A pocos metros de las postas de los ilegítimos ocupantes militares norteamericanos montan guardia cada día, en las garitas de uno de los puestos de observación ininterrumpida de la Brigada de la Frontera Ramón López Peña, que con orgullo ostenta la Orden Antonio Maceo.
Para ellos es un deber revolucionario, orgullo y privilegio proteger la soberanía del país en la primera línea de defensa, en la artificial frontera con una base impuesta contra la voluntad del pueblo cubano y que abarca 117,6 kilómetros cuadrados de tierra y mar del suelo patrio. Muchas son muchachas que cumplen el Servicio Militar Femenino Voluntario con la misma serenidad, firmeza y seguridad en su misión que sus compañeros.
Miles como ellos han heredado esa disposición forjada allí por los fundadores, desde que fuera constituida el 9 de noviembre de 1961, hace exactamente 58 años. Ante la agresividad, los crímenes y las provocaciones desde la base yanqui contra el pueblo, en aquellos primeros años de Revolución en el poder, se realizó un proceso de selección de los jóvenes más valiosos y de preparación militar, política e ideológica, y se desplegaron defensivamente a lo largo del perímetro limitado por una cerca, en condiciones difíciles, pero decididos.
Lo importante era vigilar, evitar infiltraciones contrarrevolucionarias y salidas ilegales, sin dar lugar a incidentes peligrosos para la seguridad del país y para ello estaban allí los jóvenes soldados cubanos, dirigidos por excepcionales combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que no se dejaron provocar por las agresiones de los marines.
Inicialmente fue concebido como Batallón Fronterizo, luego devino Brigada y ha sido para todos ellos una verdadera escuela.
La historia recoge que la Enmienda Platt, impuesta por el gobierno de los Estados Unidos, recortó la independencia y soberanía de la República de Cuba. A su amparo se adueñaron hace 116 años de la entrada de una de las más importantes bahías cubanas y establecieron una base naval. Hoy la emplean, para repudio de toda la humanidad, como cárcel y centro de tortura de prisioneros en la supuesta lucha contra el terrorismo.
Desde el mismo triunfo revolucionario el enclave fue parte de la estrategia hostil norteamericana, que, entre otros actos infames, incluyó el asesinato en el interior de la Base del pescador Rodolfo Rosell Salas y el trabajador Rubén López Sabariego.
Las provocaciones continuaron con disparos hacia las posiciones cubanas, que ocasionaron la muerte de Ramón López Peña y Luis Ramírez López. Soldados de este aguerrido cuerpo, como Maximiliano Domínguez Domínguez, José Rafael Pérez Cutiño y Luis de la Rosa Cayamo, cayeron combatiendo a los contrarrevolucionarios.
Desde la base militar norteamericana se han producido más de 13 mil provocaciones de distinta gravedad contra el territorio libre de Cuba.
Hoy la Brigada de la Frontera cuenta con un sitial de honor, donde se muestra la cama del mártir Ramón López Peña. Todos hoy son tan jóvenes como lo era él: tenía 18 años cuando fue muerto por balas disparadas desde la Base, el 19 de julio de 1964.
Sus integrantes expresan el honor de pertenecer a la Vanguardia Combativa que lleva el nombre del primer mártir de la Brigada y de la Unión de Jóvenes Comunistas en la unidad, pues pocos minutos después de ser entrevistado para ingresar en la organización juvenil, Ramón fue abatido por los disparos del enemigo mientras cumplía su guardia reglamentaria.