

Cincuenta y ocho años han pasado desde aquellos días gloriosos de abril en que nuestro pueblo se alzó como un solo hombre para enfrentar y aplastar con mano de hierro a los que, dirigidos por el imperialismo yanqui, pretendieron derrocar la Revolución, hacer retroceder el curso de la historia e implantar otra vez en Cuba el odiado régimen caracterizado por la explotación, la injusticia, la desigualdad, la discriminación y la dependencia.
El enemigo, con todos los cerebros de la CIA y el Pentágono, fue incapaz de prever que un escudo inexpugnable e invencible protegería, a fuerza de valor, heroísmo, audacia y patriotismo, la obra revolucionaria y el derecho del pueblo cubano a proseguir el camino emprendido.
El despertar del 15 de abril de 1961 fue de gran conmoción, al sentir que estaban siendo bombardeados los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Antonio Maceo, en la capital y en Santiago de Cuba, con aviones que portaban falsas insignias cubanas. Procedían del Norte, tripulados por agentes mercenarios alistados por el gobierno de Estados Unidos para llevar a cabo el preámbulo de la invasión y destruir en tierra los escasos y maltrechos aviones de combate cubanos.

El traicionero ataque fue presentado ante la ONU por Adlay Stevenson, representante norteamericano, como una acción perpetrada por pilotos desertores de la Fuerza Aérea Revolucionaria, que habían escapado después hacia Estados Unidos y otros países del área.
En su intervención Stevenson aseguró que ningún personal ni los aviones de su país habían participado en los bombardeos, lo cual el tiempo se encargó de desmentir, sobre todo 37 años después cuando fueron desclasificados los archivos secretos de Estados Unidos y se conocía con detalles la participación total del gobierno norteamericano, la CIA y el Pentágono en los ataques y los planes de la invasión posterior.
La burda patraña fue hecha trizas con demoledores argumentos en la propia ONU por parte del canciller Raúl Roa, quien pasaría a la historia con el merecido título de Canciller de la Dignidad, calificando lo acontecido como una acción criminal y cobarde del gobierno yanqui.
La habían precedido por esos días las conspiraciones, los ataques a objetivos económicos y sociales, el terrorismo, los alzamientos de elementos contrarrevolucionarios, atentados que costaron la vida a decenas de ciudadanos pacíficos y combatientes revolucionarios e intensa guerra psicológica. Tres días antes se había iluminado la noche de La Habana con el incendio de El Encanto, donde perdió la vida Fe del Valle.
La escalada imperialista también había incentivado la quema de cañaverales, violaciones del espacio aéreo cubano, ataques piratas contra las refinerías, y la preparación y organización de ejércitos mercenarios.
La agresión a los aeropuertos aquel sábado 15 de abril fue rechazada por la fuerza antiaérea cubana, con sus heroicos combatientes rebeldes y sus milicianos. Entre los caídos, muy dolorosa fue la noticia de la muerte del joven artillero Eduardo García Delgado, quien ya agonizante sacó fuerzas para escribir con su propia sangre el nombre de Fidel, en hermoso símbolo de compromiso revolucionario y fidelidad sin límites.
A él, en representación de los caídos en aquella fecha, el Poeta Nacional Nicolás Guillén dedicó sus sentidos versos y en la edición del periódico Hoy del 18 de abril de 1961 se publicaron bajo el título La sangre numerosa.
Así fue el preludio de lo que acontecería en días sucesivos con la invasión y lo que, con su carga de odio y agresividad yanqui, el país valientemente tendría que afrontar en los siguientes 58 años de Revolución, hasta nuestros días.