Los cubanos y en general todos los caribeños estamos amenazados por huracanes en un determinado período del año. Este peligro se hace realidad con mucha frecuencia, con su secuela de muerte y destrucción.
Antiguamente, estos fenómenos naturales eran reconocidos por el año en que sucedieron, así se hablaba del ciclón del 26…o el del 30, ahora, como ocurre con las personas, estos fenómenos meteorológicos tienen nombres propios, pero… ¿a quién se le ocurrió esa idea? Les cuento.
Clemente Wragge, un meteorólogo australiano del siglo XIX, fue el primero que bautizó los huracanes. Al principio, eligió nombres bíblicos como Zaqueo, Uza o Tamar.
Sin embargo, también se atribuye la costumbre de darle nombre a un operador de radio de la Segunda Guerra Mundial, cuando se advertía a la Fuerza Aérea estadounidense de que un tornado estaba por llegar. El operador de radio situaba una cancioncilla popular que decía: “Toda brisa pequeñita parece susurrar: Luisas”. Así, que el ciclón recibió ese nombre.
Hasta que en 1979, la Comisión Meteorológica de los Estados Unidos solo otorgó nombres femeninos a los huracanes, pero el servicio meteorológico australiano comenzó a asignar nombres de uno y otro sexos.
Hoy en día, se reúne una comisión y prepara los nombres que se disponen para a cada ciclón, huracán o tifón empezando por la A y finalizando por la Z.