
Parte de la muralla intramuros de la antigua ciudad que aún se conserva.
Debo aclarar que no todos los habitantes de la naciente San Cristóbal de La Habana eran considerados vecinos, pues esta era condición de cierto nivel social, la que permitía elegir y ser elegido en la elecciones para escoger a los alcaldes y al regidor.
Pero ¿quiénes podían ser considerados vecinos? En primer lugar ser residente permanente y poseer hacienda y familia, les seguían en el orden social los moradores que residían en la Villa con cierta estabilidad y con aspiraciones de convertirse en vecinos.
Después se encontraban los estantes, una especie de población flotante, carente de mujer, familia y de hacienda.
La vida de estos primeros habaneros no era nada fácil, se vivía bajo un temor permanente y una constante zozobra, debido a las amenazas de corsarios y piratas, lo que obligaba a realizar guardias durante las 24 horas del día. Esta situación se agradaba por las incursiones de cimarrones, perros jíbaros hambrientos y el eterno y feroz mosquito.
Sus viviendas consistían en una hilera de bohíos situados sin orden ni concierto, a capricho de cada propietario y siempre alrededor de la bahía.
Su comida consistía en ajiaco, puerco con casabe, boniato, yuca, papaya, jutías, tortugas e iguanas, carne de res, esta última para los más pudientes; del mar eran la mojarra, la lisa, etc., a falta de sal rociaban la comida con agua de mar.
Como postre ingerían frutas con melado, le gustaba mucho el maní y consumían vino importado de Islas Canarias. Pues nada, así empezó la cosa.