A los que son adictos al mango, entre los que me incluyo, les interesara saber cómo llegó a Cuba esa maravilla de la naturaleza. Científicamente se le llama Mangífera, árbol de la familia de las Anacardiáceas. La primera semilla de mango la sembró Don Gervasio Rodríguez, cuyo nombre lo lleva la popular calle de Centro Habana, en la estancia de Doña Miacaela Justiz, esposa del conde de Jibacoa, cerca de la Iglesia de la Salud, en el año 1782. Ese árbol produjo en su primer año cinco mangos, de los cuales dos se vendieron a onza de oro, cada uno. Precios influidos lógicamente por la oferta y la demanda, digo yo.
No he logrado averiguar si el señor Gervasio, puso una tarima para la venta de jugo de la deliciosa fruta en la esquina de Gervasio y Escobar, o si nuestro primer mango era bizcochuelo, filipino, toledo, manga blanca u cualquier otra de las variedades de la sabrosa y pulposa familia de las mangiferas.
Esta fruta es tan apreciada por su sabor, presencia y diferentes formas de degustarla, que el lenguaje popular de los cubanos y de las cubanas, por supuesto, la frase “es un mango” se asocia con todo lo bello, lo hermoso, agradable y apetitoso del sexo opuesto.
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