Un año apenas llevaba de iniciada la Guerra de Independencia cuando el alto mando acometió la empresa largamente soñada por los patriotas y que la Guerra de los Diez Años no pudo realizar: La invasión a Occidente, espina dorsal estratégica del esfuerzo libertador, sin la cual este quedaría acorralado en las provincias orientales, y el poder colonial, con su cabeza rectora en La Habana, podría sobrevivir.
Dos personalidades señeras: Máximo Gómez, el Generalísimo, y Antonio Maceo, su más brillante discípulo, dieron remates a la proeza, que ningún político del mundo colonial hispano consideró posible y de la cual se burlaron anticipadamente funcionarios y militares de la monarquía, para después tener que acatarla, confusos y derrotados.
Solo 92 días, desde el 22 de octubre de 1895 al 22 de enero del año siguiente, necesitaron Gómez y Maceo para cumplir su gran objetivo. Arrancaron de Mangos de Baraguá y concluyeron en Mantua, Pinar del Río, cruzando la nación sin cesar de batallar, en cien combates gloriosos y desafiando el poderoso poder colonial en armas y demás recursos.
Los peritos militares han aplicado sus categorías y sus precedentes a la explicación del gran fenómeno histórico que fue la campaña de la Invasión a Occidente en 1895, pero hay un factor por encima de los militares que explica la gran razón de la victoria, y es el concurso del pueblo de Cuba.
Factores militares solos, dada tan enorme diferencia de efectivos en armamentos, no pueden dar cuenta cabal de la proeza, que no debe acreditarse solo a dos generales excepcionales y a sus heroicos combatientes, sino a la base popular genialmente propiciada por el gran pensamiento martiano.
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