La cueva, la gruta libertadora, acogió en su seno misterioso al indio perseguido, al negro esclavizado y rebelde y al mambí libertador.
Cuando el látigo, el arcabuz y el acoso o asesinaban a la indiada de Hatuey y Guamá, los primero caudillos del pueblo cubano, la cueva brindó resguardo a los guerrero indios contra los perros feroces de los invasores.
Y los negros esclavos, en rebelión contra el dominio colonial, hicieron lo mismo, también buscaron abrigo en escondrijos de los montes y montañas.
Los mambises utilizaron las cuevas como campamento, ya como prefectura, como hospital de sangre y hasta como redacción de periódicos revolucionarios.
El historiador Antonio Núñez Jiménez nos que cuenta que al desembarcar el general Narciso López, el 12 de agosto de 1851 por las costas de Pinar del Río, fue perseguido por las tropas españolas y por sus feroces perros, los que se aproximaban a una cueva guiados por un miserable traidor llamado Santos Castañeda, que días antes, haciéndose pasar por amigo de la causa cubana, había dado resguardo al general Narciso López. Los perros y sus amos llegaron a la boca de la cueva. Los colmillos de los perros se clavaron el cuerpo del héroe y lo obligan a salir de la cueva moribundo, al combatiente que 18 años antes había enarbolado la bandera de la estrella solitaria en Cárdenas, Matanzas. Fue conducido a La Habana donde fue ejecutado en 1851. Antes de morir expreso: “Mi muerte no cambiará los destinos de Cuba”.
¿Y del traidor qué? Pues esta historia termina cuando en el café “Marte y Belona” de La Habana, a los tres años de los sucesos de Pinar del Río, un santiaguero llamado Nicolás Vignau, ajustició al traidor Santos Castañeda de un disparo vengador. Sobre este hecho escribió Núñez Jiménez, y yo lo suscribo, “Loado sea el matador, mil veces enaltecida su memoria, su esforzado corazón y su certera puntería!”
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