Un objeto tan sencillo y práctico a veces tiene un origen o nacimiento algo complicado. Se cuenta que un judío de Baviera llamado Levi Straus, que emigró a Estados Unidos para hacer fortuna, se estableció en 1850 en San Francisco. Allí se dedicó en un principio a vender a buen precio lona para las tiendas y para cubrir vagones. Cuando el Ejército le rechazó una gran partida que le habían encargado por su mala calidad, decidió fabricar con la tela unos pantalones que fueran bastante resistentes para el trabajo en condiciones duras de los mineros y les permitiera guardar en los bolsillos las muestras de los minerales y las herramientas de uso mas frecuentes.
Para reforzar la prenda, puso remaches en las costuras del pantalón. En 1860, el sastre decidió cambiar la lona por una tela más resistente que se fabricaba en Nimes, Francia, y que era conocida como serge. En realidad este tejido azul era es originario de la ciudad italiana de Génova, que los galos llaman Genes, de aquí el origen de la palabra “jeans” y el “blue” por su color cielo. Y así nació el bluyín , el que como el amor “es eterno mientras dura”, y que logró pegar desde siglo XVII cuando nació, aunque el siglo XX fue el siglo del bluyin, cuando las películas de vaqueros lo impusieron a tiro limpio, y las mujeres lo convirtieron en una prenda unisex.
La moda es la moda. Muchos bluyin vienen ya desteñidos, arrugados, vueltos añicos, con huecos por todas partes, y aun así la Real Academia de la Lengua aceptó que le llamar bluyin a la fusión entre blue y jean, facultad que tiene la ilustre Academia de aceptar, autorizar, avalar lo que el pueblo inventa, impone con la fuerza del uso, el uso del bluyín.
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