Durante siglos se mantuvo en La Habana la “fatal y perniciosa costumbre de enterrar los cadáveres en las iglesias”, como señalaba el historiador Jacobo de la Pezuela: “muchos creyentes consideraban que al estar enterrados en la iglesia, estarían más cerca de Dios. Los más ricos pagaban buenas sumas de dinero para ocupar un sitial privilegiado cerca del altar”.
El gobernador español Luis de las Casas intentó cambiar esta antihigiénica costumbre, pero le fue imposible luchar contra los intereses que lo impedían, hasta que llegó Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1756-1832), el segundo obispo de La Habana, quien cortó por lo sano y se iniciaron las obras del primer cementerio habanero en 1804, ubicándose el mismo en el barrio de extramuros de San Lázaro, muy cerca del Malecón.
El Obispo Espada, quien estuvo al frente de la diócesis habanera durante 30 años, había manifestado: “los interesados en perpetuar esta costumbre, son los que desean disfrutar de pompas y vanidades”.
En honor al Obispo el cementerio recibió el nombre de Espada. A este personaje ilustre español le debemos además una renovación del pensamiento, en la salud pública, la educación, y la beneficencia en Cuba.