Existió un capitán español de apellido Arana, cuya misión era organizar la despedida de los soldados españoles que venían a pelear en Cuba, el capitán les informaba que su primer destino era La Habana, Cuba. Antes que tomaran el barco que los conduciría a la guerra, el capitán acostumbraba a endilgarles una discurso, unas palabras, una arenga, una charla, un teque, como se dice ahora, sobre la misión histórica que todo español patriota tenía que cumplir, “todos estaremos en la primera línea de fuego, junto al cañón, nos veremos en La Habana, nos veremos en el campo de batalla, etc. etc...”
Los soldados, al no recordar con precisión el apellido del capitán, lo comenzaron a llamar jocosamente el capitán Araña. Se suponía que el último en embarcarse era el capitán Arana, como el mismo había manifestado a la tropa. Pero en ese momento no apareció. Se esfumó. Desapareció. Los soldados preguntaban por el capitán Araña, pero nadie supo informarles sobre el destino del mismo. Los soldados españoles “embarcados” hacia La Habana pusieron de moda la frase que hacía referencia al famoso y desconocido capitán Araña.
Desde ese día el que hace cualquier proyecto sin participar a última hora se le llama el capitán Araña. Todo el que exige sacrificios, sudor a otros sin dar ejemplo de lo que predica, se le llama capitán Araña. Todo el que hace llamados con la lengua, pura retórica, muela a tareas, misiones en la que no va en la vanguardia, se le llama capitán Araña. ¿Conoce usted alguno?
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